La última generación del bienestar: sin sentido ni sensibilidad
«Es simple economía. Hoy es el petróleo; dentro de diez o quince años será la comida, o cualquier otra cosa. ¿Qué crees que querrá la gente entonces? ¿Preguntarnos cuando tengan hambre? No nos preguntarán; solo querrán que se lo consigamos».
— Los tres días del Cóndor (1975).

Al final de Los tres días del Cóndor (Sydney Pollack, 1975), Joseph Turner —el analista de la CIA interpretado por Robert Redford, nombre en clave Cóndor— escucha una frase que ha envejecido hasta volverse profética. Un veterano agente le explica que cuando llegue la escasez —de alimentos, de energía, de seguridad— la gente exigirá que se les dé todo, aunque haya que robar o matar por ello. No lo dice con amenaza, sino con serenidad, como quien enuncia una ley natural más que una advertencia.
Volví a ver la película hace poco y comprendí que nunca había prestado verdadera atención a su final. Los tres días del Cóndor es, en apariencia un thriller político. Turner trabaja descifrando novelas en busca de patrones conspirativos hasta que sobrevive a la masacre de sus compañeros y descubre una trama interna de corrupción dentro de la Agencia. Está ambientada en un Nueva York de la década de los 70, moralmente ambiguo en el que todo vale en el juego de la Guerra Fría. Pero más allá del espionaje, la sospecha de que el poder no protege, sino que administra el miedo, me ha dejado inquieto.
Esta vez, al escuchar el diálogo final, no pensé como espectador, sino como analista. Sentí que esa conversación entre Turner y su interlocutor no hablaba del pasado, sino de nosotros, de ahora. Lo que en 1975 parecía una parábola sobre la paranoia de la Guerra Fría hoy resuena como un diagnóstico moral: lo que ocurre cuando una civilización reclama derechos sin haber aprendido las obligaciones que los sostienen, cuando una sociedad que nunca conoció la escasez descubre, de pronto, que el mundo tiene límites.
El poder ya no necesita ocultar la verdad; le basta con producir versiones infinitas de ella y sobresaturarnos de información. En la época de Pollack, de la película —esa añorada Guerra Fría, la división del mundo en dos bloques simplificaba las cosas— quien controlaba la información controlaba el mundo. En la nuestra, el poder consiste en fabricar relatos hasta que la verdad se disuelva entre ellos. La censura ha cambiado de método: ya no amordaza, dispara. Inunda el espacio de ruido como una defensa automática que elimina la amenaza no por precisión, sino por saturación. Hoy basta un perfil en X, unos miles de seguidores y otros tantos bots para crear una ilusión de consenso, una realidad que no necesita pruebas ni contexto, capaz incluso de iniciar una revolución sin causa. La mentira se ha vuelto invisible porque ya no se opone a nada. No es un acto: es el entorno.
Mientras tanto, el sueño del confort —esa religión silenciosa del siglo XX— se desvanece sin resistencia. La sociedad occidental asiste a su derrumbe con una mezcla de apatía y adaptación: se amolda a cualquier degradación, se corrompe por casi todo, siempre que no se le exija renunciar a su comodidad. Incluso la protesta y el activismo, que alguna vez fueron gestos de sacrificio, se han transformado en espectáculo: una forma de exhibición moral que sustituye el compromiso por visibilidad. Es más fácil un circo mediático que un esfuerzo real en nombre del bien común.
Durante décadas se nos enseñó que la vida era un itinerario garantizado: estudiar, trabajar, comprar, descansar, heredar. Esa estabilidad se narraba como un derecho incuestionable. Pero el contrato social que la sostenía —ese pacto tácito entre esfuerzo y recompensa, entre individuo y comunidad— se ha roto.
Hoy una carrera universitaria ya no garantiza empleo; el trabajo indefinido es una estadística residual; la vivienda, un privilegio. En las grandes ciudades la dignidad se mide por metros cuadrados alquilados, por el tamaño de un sofá y un microondas y el último modelo del Iphone. La conexión ha sustituido a la comunidad; la distracción, al descanso. Y sin embargo seguimos conectados incluso cuando ya no esperamos nada de lo que miramos.
Turner, en la película, creía que bastaba con contar la verdad. Hoy la verdad no basta, se ha convertido en un contenido más, desplazada por el siguiente vídeo, por la siguiente emoción, un nuevo like. El poder ya no necesita ocultarse ni disimular la mentira. Puede mentirnos a la cara, porque sabe que nadie dispone del tiempo ni de la calma para pensar. Y nosotros —educados en la comodidad, habituados a la abundancia y a la inmediatez— aceptamos esa distracción como si fuera serenidad. Pero llegará un momento, inevitable, en que el sacrificio volverá a ser obligatorio. Y entonces recordaremos, quizá demasiado tarde, que la comodidad, nunca fue un derecho, sino una tregua.
Durante buena parte del siglo XX, Occidente creyó que el progreso era un movimiento irreversible. El futuro se imaginaba como una expansión constante del bienestar: colonizar Marte, automatizar el trabajo, vivir más y mejor. Era una fe sin matices, heredera de la Ilustración y alimentada por la posguerra: cada década prometía ser mejor que la anterior. Ya no.
Pero el futuro llegó y no cumplió su promesa. El progreso, más que avanzar, se ha contraído sobre sí mismo. Ya no inspira, se justifica. Los mismos discursos que antes movilizaban a las sociedades —crecimiento, innovación, prosperidad— se repiten ahora como fórmulas vacías, rituales de una religión que ha perdido a su dios. Desde hace más de veinte años escuchamos la misma letanía: «resiliencia», «transformación», «revolución tecnológica» palabras que algún día tuvieron significado, hoy están vacías. Mi palabra maldita prefereida: «resiliencia» el eufemismo con el que aprendimos a aceptar la derrota como adaptación.
A veces pienso que la abundancia no fue el triunfo de la humanidad, sino su suspensión. el confort no nos salvó del hambre: simplemente nos permitió olvidar que seguía existiendo.
Las generaciones nacidas a partir de los años ochenta crecimos dentro de un espejismo. Los millenials, la generación Z y los primeros alfa fuimos educados en la creencia de que el bienestar era una condición natural, no una conquista. No heredamos ruinas, sino estabilidad, no tuvimos escasez, tuvimos rutina. Aprendimos a vivir sin miedo a perder nada y, por lo mismo, sin conciencia de lo que costó conservarlo. Creímos que el deber era un vestigio del pasado, una palabra inútil en tiempos de abundancia. todo se nos dio, y por eso hoy exigimos que se nos siga dando.
Esa deriva moral —esa sustitución del esfuerzo por la expectativa— fue advertida por el dramaturgo premio Pulitzer David Mamet en Himno de retirada. Mamet condensa una idea que resuena con fuerza en nuestro tiempo: una sociedad que castiga la disidencia, que niega la responsabilidad individual y que promete un bienestar eterno a costa de la libertad está condenada a su propia servidumbre. «La censura de la libertad de expresión en pos de evitar la ofensa a colectivos minoritarios […] la proliferación de literatura moralizante y adoctrinadora está creando entre las nuevas generaciones una mentalidad dogmática […] El emotivismo está destruyendo la posibilidad del debate racional». No habla de generaciones ni de pantallas, pero describe con precisión este malestar: una civilización que ha sustituido la madurez por la comodidad y la libertad por la aprobación.
El suelo bajo los pies se ha hundido. Las promesas de estabilidad —una casa, una familia, un trabajo predecible— se han evaporado, y con ellas se ha disuelto la idea de madurez. La vida adulta ya no es una transición , sino una prolongación de la adolescencia. Los adultos han renunciado a serlo, vaciados de contenido, refugiados en la estética de aparentar como único logro posible. En un mundo donde la apariencia es mérito, la responsabilidad se se convierte en un estorbo.
De esa renuncia nace un orden nuevo —o más bien, un desorden aceptado— en el que el mundo basado en reglas ha desaparecido. Ya no hay jerarquías morales, sólo métricas de visibilidad; ya no hay autoridad legítima, sino influencia. Las normas, que antes limitaban el poder, ahora multiplican en función de quién las manipule mejor. La civilización, sin adultos que la sostengan, ha delegado su gobierno en una adolescencia permanente, brillante y vacía, que confunde el deseo con el derecho y la estética con el valor.
El resultado no es una rebelión juvenil, sino una forma nueva de tiranía: la tiranía de la atención. El poder no lo heredan los niños, sino los adultos que se niegan a dejar de serlo, que han aprendido a sobrevivir en la eterna inmediatez de la imagen. La historia, que alguna vez se escribía con leyes, ahora se mide en tendencias. Y en ese tránsito, el mundo que creímos estable —el de las reglas, los pactos, los compromisos— se ha desecho sin ruido, como una estructura que se vacía por dentro.
En ese espejo digital se refleja nuestra propia impotencia. Cuando el esfuerzo deja de producir futuro, el deber pierde su justificación. Toda civilización, cuando siente que su abundancia declina, regresa a la violencia. Durante un tiempo, la riqueza permite disimular el conflicto bajo la apariencia de competencia económica o diplomática, pero la violencia siempre vuelve: es lenguaje que la Historia utiliza cuando los discursos se agotan. Las guerras de nuestro tiempo lo confirman. La invasión de Ucrania es una guerra de conquista, literal, física y territorial. El conflicto en Gaza, una guerra de venganza. En ambos casos, el ideal de un orden internacional basado en reglas se ha desecho, y con él, la ilusión de que la humanidad había superado sus propios impulsos primarios.
Mientras tanto, las democracias occidentales han descubierto la eficacia del estado de excepción. en nombre de la seguridad, de la emergencia o de la salud pública, los gobiernos legítimos han probado el sabor del poder sin límites. Y la ciudadanía, cansada y temerosa, lo ha aceptado. Lo que antes era impensable —confinar poblaciones, restringir movimientos, censurar en nombre del bien común— se ha vuelto costumbre. La excepción se está convirtiendo en hábito y el miedo en una justificación permanente. No es que hayamos perdido la libertad: la hemos canjeado por la promesa de estabilidad. La cedimos sin resistencia, como quien acepta sin leer las condiciones de un contrato en internet. No nos la arrebataron: la entregamos voluntariamente, para no tener que ejercerla.
En este contexto, la violencia ha cambiado de rostro. Ya no necesita ejércitos visibles ni uniformes reconocibles, se ejerce a través de la información, de los mercados, de los datos. el campo de batalla se ha trasladado a la mente. Las guerras del presente son guerras de percepción. Se combate no por territorios, sino por narrativas; no por recursos, sino por atención. Y ahí, lo confieso, mi preocupación se vuelve personal.
Me pregunto cómo se comportarán las generaciones Z y Alfa cuando hereden este paisaje. ¿Cómo entenderán la guerra quienes han crecido en la hiperconexión y la sobreexposición emocional? ¿Cómo reaccionará una generación educada en la inmediatez cuando la Historia vuelva a exigir paciencia y sacrificio?
Hoy los analistas hablamos de prospectiva, de escenarios de riesgo, de amenazas a quince o veinte años vista. Pero todo ese marco intelectual parte de nuestra herencia cognitiva, de cómo nosotros entendemos el conflicto, la amenaza y el poder. ¿Y si eso cambia? ¿Y si el modelo matemático, el algoritmo, reemplaza el juicio humano en la toma de decisiones?¿Qué será entonces una guerra cuando el enemigo no sea otro Estado, sino un patrón de comportamiento? Me inquieta pensar si nuestras proyecciones siguen siendo válidas o si pertenecen ya a una mentalidad que se extingue. Un futuro que se encuentra en el pasado.
Y más aún ¿Están las generaciones que vienen dispuestas a sacrificarse por los mismos valores e ideales que nosotros?¿Comparten siquiera la idea de bien común? Tal vez la verdadera fractura no sea entre países, sino entre épocas mentales. Entre quienes aún creen en el esfuerzo y quienes han aprendido a medirlo en likes, educados en la sobreexposición digital.
Ya no será una guerra de héroes ni de ideas, sino una guerra de reflejos, donde vencerá quien controle la atención y manipule la percepción. Y me temo que para cuando lleguemos a ese punto, ya no recordaremos qué era realmente, la libertad por la que se decía que luchábamos.
Las guerras que vienen no serán solo guerras de recursos, sino guerras de conducta. No buscarán destruir al enemigo, sino modificar su comportamiento. Las batallas se librarán en el terreno de la atención, en el control de la emoción colectiva. La guerra ya no será el enfrentamiento entre ejércitos únicamente, sino la administración de los impulsos humanos.
Vivimos ya los primeros indicios de esa guerra irrestricta: la paciencia estratégica de quienes preparan el campo de batalla no en los territorios, sino en las mentes. La conducta, los datos, las emociones se han convertido en armas. Los vídeos virales, las plataformas de contenido, los algoritmos, los vehículos inteligentes y los chips que saturan el mercado son las piezas de esa maquinaria silenciosa. Mentes, conductas y componentes electrónicos: ese será el nuevo frente. El adversario no necesitará armas para rendirte: bastará con convencerte de que resistir no tiene sentido, pero incluso, te convencerá de que no te está atacando.
Esa forma de guerra —silenciosa, psicológica, omnipresente— encuentra su campo perfecto en una generación que ha aprendido a reaccionar antes de pensar. En ella, el gesto ha sustituido a la idea; la velocidad, a la comprensión.
Recuerdo entonces la escena de Churchill en 1940, preguntando al general Gamelin: «¿Dónde está la reserva francesa?» y oyendo la respuesta devastadora: «no hay ninguna». No pienso en ella como una anécdota histórica, sino como una losa de pura realidad. También nosotros, cuando llegue la escasez, escucharemos esa misma respuesta. No hay reserva moral, ni espiritual, ni política. Solo una cultura agotada que sobrevive por inercia.
Occidente sigue funcionando, pero sin fe en sí mismo. Produce, legisla y debate, pero sin convicción. Las instituciones se mantienen en pie, pero ya no generan autoridad; las economías prosperan, pero no ofrecen ningún sentido. El deber se ha vuelto sospechoso y la disciplina, una palabra mal vista. En su lugar, florece el culto al líder —tan antiguo en Oriente—, que Occidente ha comenzado a imitar con torpeza: dirigentes que se disfrazan de líderes aunque sean poco más que pobres actores con máscara de convicción.
En nombre de la libertad hemos vaciado la libertad de contenido. Todo se sostiene en una ficción compartida: la de que el confort puede continuar indefinidamente si se evita pronunciar la palabra sacrificio. Pero lo que se apaga no es la economía, sino el alma de Occidente. Lo que se agota no es la energía, sino la voluntad. Y cuando el deber desaparece, la libertad se convierte en un lujo que nadie sabe cómo usar.
No sé si la decadencia es reversible. A veces me gustaría creer que sí, que bastaría un golpe de realidad para despertar. Otras veces pienso que el colapso no es un accidente, sino la única forma en que una civilización puede aprender. Tal vez el derrumbe sea una pedagogía: una forma brutal de recordarnos que la Historia no está hecha para el confort.
Cuando empiece a faltar lo esencial —la energía, los alimentos, la estabilidad—, no habrá discursos suficientes. El miedo será el lenguaje común. Y tal vez, en medio de ese desorden, la humanidad recupere algo que había perdido: la conciencia de su fragilidad. Porque la escasez, aunque duela, obliga a elegir. Cuando ya no se pueda tener todo, habrá que decidir qué merece conservarse. Cuando la conexión falle, volveremos a hablar. Cuando el confort se acabe, quizá aprendamos a mirar de nuevo.
No espero rendición. solo la posibilidad de que en la carencia surja un sentido más hondo. Quizá la verdadera escasez no era de recursos, sino de carácter. Y cuando todo empiece a faltar, comprenderemos que el colapso no fue el fin del mundo, sino el final del mundo tal como lo imaginábamos: un hogar cómodo, previsible y sin sacrificio. Lo que venga después —más incierto, más áspero, más humano— será, inevitablemente, el retorno de la realidad.