NUNCA FUE POR EL CUADRO

La excusa fue el cuadro El último combate del Glorioso

El revuelo en Redes Sociales, instigado por Arturo Pérez Reverte, y avivado por sus seguidores sobre la retirada del cuadro del artista Ferrer Dalmau que representa «El último combate del Glorioso», fue más una defensa de sentir su orgullo herido que de cualquier otra causa noble.

Nunca fue por el cuadro. Los ataques personales contra el almirante comienzan con su primer artículo en su espacio Patente de corso en XL Semanal titulado Los ingleses lo respetaron más. Previamente al artículo, exigía enérgicamente explicaciones del asunto en redes sociales. En dicho artículo, tilda al almirante de torpe en las primeras líneas y de mediocre en las últimas. Mala defensa es esa para una causa tan noble como la que quiere abanderar.

Las explicaciones, el almirante las da (nos remitimos a este hilo de twitter y a este otro), pero eso no le importa al escritor para seguir defendiendo el honor del cuadro o del artista (porque nunca fue esa su pretensión), mientras su voz sea la única preponderante en la frívola red social de Twitter. Hasta que eso cambió, y las palabras del almirante y el nuevo discurso museístico tuvieron su eco en la red social. La defensa de Reverte, se torna ofensa, si es que alguna vez fue defensa. Pérez Reverte, eligió lugar, las Redes Sociales, y eligió el tono de la dialéctica (no hace falta decir cuál) y sin embargo no consiguió doblegar el discurso oficial (incluso el almirante salió ganador en una encuesta realizada en dicha red social).

Nunca fue por el cuadro. Siempre se trató del orgullo del escritor y de las más bajas pasiones, y la defensa, que pasó a ser ofensa aumenta ahora y torna a imposición. Nunca fue por el cuadro, sino que se trata de imponer su verdad.

En El orgullo herido del almirante, de nuevo el Sr. Reverte insiste en querer imponer sus gustos personales, como decíamos en el párrafo anterior, por encima de una decisión corporativa, utilizando, una vez más, el insulto y la descalificación, ya no solo hacia el almirante sino hacia todo lo que se ponga por delante y, sobre todo, sabedor de la gran repercusión que tiene en los “medios”.

Tras lo leído en este último artículo del académico, que por edad podría estar jubilado (por su insistencia en señalar que el almirante Rodríguez Garat está en la situación de reserva), publicado en el diario ABC, en el que descalifica al citado almirante por una decisión adoptada que afecta a una obra de entre las 30.000, más o menos, que tiene el Museo Naval (todo el Museo Naval), se puede llegar a pensar que “ha perdido el norte”.

El señor Reverte da por hecho que la decisión de retirar el cuadro la toma directamente el almirante, Director del Instituto de Historia y Cultura Naval, institución que reúne al Museo Naval, el Dpto. de Archivos navales, incluido el Archivo General de la Marina y el Dpto. de Bibliotecas Navales, sin consultar con la opinión del director del Museo Naval de Madrid (otro almirante en la reserva), ni del personal técnico con que cuenta, ni, claro está, con la de otros almirantes de la Armada, el AJEMA por ejemplo, al que el escritor critica (incluso riñe) por no haberle “llamado al orden”, ni al Patronato del Museo, ni a la Asociación de Amigos del Museo Naval.

De lo expuesto en su escrito, El orgullo herido del almirante, puede deducirse que para el escritor:

  • El personal en la reserva pierde su capacidad de adoptar decisiones coherentes y que los oficiales en la reserva sólo están para cosas intrascendentes, vamos… “para sopitas y buen vino”.
  • Por el contrario, considera aceptable que el personal en activo con “mando efectivo” haga su voluntad a “golpe de chifle” (asombroso).
  • El cuadro retirado, “su” cuadro, que debe de estar a la altura de “Las Meninas”, es la única obra, poco menos, que se visita cuando se acude a la sede de Madrid del Museo Naval , pasando olímpicamente de la carta de Juan de la Cosa, por ejemplo, o de las muchas y valiosas maquetas y dioramas, instrumentos de navegación, etc. que se exhiben en el museo.
  • Las más altas autoridades de la Armada, en evidente dejación de funciones, han permitido tal desaguisado, a sabiendas de la injusta decisión.
  • Desconoce que los despachos de los altos cargos de los ministerios e instituciones oficiales y gubernamentales, y en este caso concreto del Ministerio de Defensa, lo que él llama oscuro despacho de un funcionario del ministerio de Defensa, se suelen decorar con obras del patrimonio no expuestas en sedes museísticas (de todo el patrimonio).

Resumiendo: desconoce la organización y funcionamiento de la Armada y, tal vez, del conjunto de la FF.AA (o a lo mejor no le conviene ajustarse a ese conocimiento para escribir lo que escribió, porque sino no lo podría escribir), descalifica gratuitamente a los mandos de la Armada y, pecando de lo mismo que critica, considera que su opinión es la única válida.

Decíamos de la sede del Museo Naval de Madrid porque el Museo Naval tiene otras cinco sedes, además de la de Madrid: Sevilla, Ferrol, San Fernando, Las Palmas y Cartagena, además de otras salas históricas de diferentes unidades de la Armada.

La realidad, sin embargo es muy diferente:

  • El personal pasa a la reserva por una cuestión de tiempo, no de capacidad; en el caso del almirante Rodríguez Garat por haber desempeñado ininterrumpidamente durante diez años los empleos de contralmirante, vicealmirante y almirante. El pase a la reserva impide acceder a cierto tipo de destinos, pero no invalida la capacidad, de hecho, en la organización de las FAS hay muchos destinos reservados al personal en la reserva precisamente para aprovechar esa experiencia.
  • Es de suponer que si el almirante Rodríguez Garat ha culminado su carrera de manera brillante (reconocido por el propio escritor en su último escrito), aun estando en la reserva sus decisiones pueden ser acertadas y, por ello, sus mandos no han considerado oportuno contradecirle ni apartarle del destino asignado. (Vamos que la decisión se ha tomado siguiendo todos los pasos adecuados y se considera acertada por la institución, que es quien la tiene que considerar y no ningún otro).
  • La falta de disponibilidad de espacio adecuado impide exponer los muchos elementos dignos de exposición con que cuenta el patrimonio de defensa, por eso, antes de que se empolven en almacenes solitarios, se prefiere exponer en despachos, salas, vestíbulos, etc. de instalaciones públicas, oficiales, gubernamentales, acuartelamientos, escuelas, bases  o arsenales para que puedan ser contemplados, al menos, por el personal que los frecuenta.

En definitiva, al escritor no le ha gustado que hayan retirado “su” cuadro, sinónimo de su orgullo herido, en el que ha participado activamente asesorando al pintor, y que el ABC le atribuye su coautoría.

No le gustó que el discurso del almirante mantuviese la dignidad en Redes Sociales. De su último artículo se deduce que tampoco le gusta que ahora los medios se hagan eco de sus palabras íntegras y no tergiversadas (Escudo digital, El nuevo discurso del Museo Naval), acusando al almirante de molestar a periodistas, cuando no mucho antes pedía explicaciones, y por último se desembaraza de la polémica, que se la atribuye enteramente al almirante, al parecer porque él solo pasaba por ahí.

Nunca fue por el cuadro, lo demuestra en su artículo El orgullo del almirante herido. Reverte atribuye al almirante la actitud que él mismo demuestra de “hacer las cosas a golpe de chifle”. Su artículo es un fiel reflejo del espejo en que se mira.

Reverte puede criticar lo que le de la real gana y parecerle las cosas bien, mal y regular, pero como él, todos los demás podemos hacer lo propio. Otra cosa muy distinta es querer imponer o erigirse en voz de una mayoría que no tiene porque ser necesariamente tal. Por no hablar del tono y de las formas, y entender que las decisiones las toma quien las tiene que tomar y no otro.

El cuadro ya está en el Museo Naval de San Fernando, como se dijo hace ya un mes por carta. Ferrer Dalmau, por cierto, se siente satisfecho de que se encuentre ahí, y como también era esperable, el señor Reverte, le vuelve a dar la vuelta a los acontecimientos para erigirse en la voz que doblegó la decisión de un almirante, aunque no sea verdad. Porque Reverte conquistó hasta donde la fuerza de Twitter pudo llevar la victoria, porque como venimos diciendo, nunca fue por el cuadro.

 

 

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