Patricia Moreno

Analista de Seguridad, Terrorismo y Conflicto Armado

Diplomada del Curso de Defensa Nacional para Jóvenes del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional.

LAS ASPIRACIONES DE ESPAÑA EN ÁFRICA

Introducción

Trabajando juntos a través de una relación estratégica.

“Trabajando juntos a través de una relación estratégica” es el lema escogido por el Gobierno de España para describir la nueva estrategia España-África 2025-2028 (Ministerio de Asuntos Exteriores, 2024), y que pretende ser, en los próximos años, el documento marco alrededor del que se estructuren las relaciones entre nuestro país y nuestros vecinos del sur. España busca posicionarse como un socio estratégico del continente africano, habiendo establecido cinco objetivos —reforzar, crecer, conectar, proteger y convivir— y 100 líneas de acción alrededor de los que se estructurará la colaboración entre ambas partes. Conseguirlo o no, parece ser más una cuestión de voluntad que de capacidad.

Perspectiva histórica: cientos de años de relaciones entre España y África

En sus inicios, la conexión entre España y África fue eminentemente marítima, con rutas hacia las costas del norte y del Sáhara. Los intercambios propiciados por la presencia musulmana en la península Ibérica favorecieron el asentamiento de las relaciones españolas con África en el siglo XV, con la expansión de la Corona de Castilla y Aragón.

España ha mantenido relaciones con el continente africano desde la Edad Media, con interacciones en los planos político, diplomático, económico, comercial, cultural y territorial, entre otros. En sus inicios, la conexión entre España y África fue eminentemente marítima, con rutas hacia las costas del norte y del Sáhara. Los intercambios propiciados por la presencia musulmana en la península Ibérica favorecieron el asentamiento de las relaciones españolas con África en el siglo XV, con la expansión de la Corona de Castilla y Aragón [1]. En 1492, España comenzó a consolidar su influencia en el océano Atlántico y en las costas occidentales africanas; y, a partir de 1497, España comenzó a establecer enclaves en el norte de África, como Ceuta y Melilla, dando lugar a tensiones con Marruecos que han perdurado hasta nuestros días. Durante los siglos XVI y XVII, prevalecieron las relaciones de naturaleza comercial, con un énfasis en el intercambio de productos a través de rutas que conectaban los puertos africanos con las colonias españolas en América [2]. A diferencia de otras grandes potencias coloniales de la época, como Francia o Gran Bretaña, España no participó tan intensamente en la llamada “carrera por África” que caracterizó el imperialismo europeo del siglo XIX.

No obstante, adquirió territorios —no sin dificultades para consolidar su presencia— en el norte de África, como el Sáhara español, y en el Golfo de Guinea.

España se enfrentó a los reinos del norte, especialmente al de Marruecos, en las llamadas Guerras de África. La primera de ellas (1859-1860) estalló tras una serie de ataques marroquíes contra la ciudad de Ceuta, y culminó con la victoria española y la firma del Tratado de Wad-Ras, por el que Marruecos tuvo que pagar indemnizaciones y ceder territorios como el Serrallo de Ceuta y otros en Melilla. Después de que España estableciese el Protectorado en Marruecos (1884), se produjeron también enfrentamientos con tribus bereberes en el Rif y el Yebala. Entre ellas destacan la guerra de Melilla (1893-1894); las campañas expedicionarias del Rif (1909-1912) que condujeron a la guerra del Rif (1911-1927) y en las que destacó la derrota española en el Desastre de Annual (1921) frente los rifeños liderados por Abd el-Krim, y tras la que España y Francia unieron fuerzas hasta derrotar a la resistencia rifeña (1926) tras el desembarco de Alhucemas (1925); o la guerra en la colonia de Ifni (1957-1958), en la que España también contó con apoyo de Francia tras ataques en el Sáhara español.

Aunque España mantuvo el control de Ifni, el conflicto marcó el inicio del fin de la presencia española en África. A lo largo de un siglo XX marcado por los procesos de descolonización africanos de las décadas de 1950 y 1960, España perdió sus principales territorios coloniales en el continente, incluyendo Guinea Ecuatorial (1968) [3]. Con la llegada de Francisco Macías Nguema al poder, las relaciones con España comenzaron a deteriorarse y el nuevo presidente acercó posiciones con la URSS, China, Corea del Norte o Cuba, imponiendo un régimen dictatorial que no otorgó la estabilidad esperada al nuevo país. Así, España perdió influencia en Guinea y en África en general.

Grandes estrategias, al menos sobre el papel

La más reciente estrategia España-África 2025-2028 evidencia que la seguridad es uno de los pilares de la política exterior española hacia el continente africano, en particular con países en el norte, el Sahel y el Cuerno de África.

En las últimas décadas, España ha focalizado su relación con África en asuntos de cooperación económica, comercio, inmigración, lucha contra el terrorismo y el extremismo y cambio climático. La presencia española en el continente —esencialmente en el norte de África y el Sahel— ha sido puesta de relieve en el contexto de la geopolítica contemporánea, especialmente en lo que respecta a la seguridad regional, la migración y los intereses económicos. El Gobierno de España ha elaborado —y tratado de ejecutar, con mayor o menor éxito— varios planes y estrategias de cooperación, desarrollo y relaciones con África, orientados a promover el desarrollo económico y social africanos, mejorar las relaciones bilaterales y multilaterales, y abordar desafíos comunes.

La primera de estas estrategias fue el Plan África 2006-2008 (La Moncloa, 2006), que situó al continente como una prioridad en la política exterior española subrayando la importancia de la cooperación económica y el desarrollo, y posicionándose como potencia de referencia en paralelo al papel que habían ejercido Francia o Reino Unido. Un II Plan África 2009-2011 buscó afianzar los avances de su antecesor, incorporando mejoras en base a las experiencias adquiridas en los años anteriores. Posteriormente, Estrategia de Acción Exterior hacia África Subsahariana (2013) reafirmó la importancia estratégica, económica y política del continente y plasmó la intención de fomentar el desarrollo social y la paz en África, tanto para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones locales como para apoyar las iniciativas de resolución de conflictos en sus diversas regiones. Además, España intensificó su participación en misiones de paz y aumentó su presencia diplomática en países africanos. Más recientemente, España aprobó la Estrategia de Cooperación Internacional para el Desarrollo 2021-2024; el Plan de Acción para la Inmigración 2020-2024, que abordaba las causas estructurales que impulsan la migración en origen; y la Alianza para la Transición Energética en África (2022), para contribuir al desarrollo sostenible del continente y reducir la pobreza energética.

La más reciente estrategia España-África 2025-2028 evidencia que la seguridad es uno de los pilares de la política exterior española hacia el continente africano, en particular con países en el norte, el Sahel y el Cuerno de África, afectados gravemente por el terrorismo, el crimen organizado y los tráficos ilícitos. España ha intensificado la cooperación con estos, esencialmente, a través de misiones de asistencia o entrenamiento de la Unión Europea [4]—actualmente EUMAM Mozambique, EUTM República Centroafricana, EUTM Somalia, el Destacamento Marfil en Senegal, Atalanta—, Naciones Unidas, la OTAN —Operación Sea Guardian en el Mediterráneo—, o de manera bilateral como con la Diplomacia de la Defensa y Seguridad Cooperativa en el golfo de Guinea (Ministerio de Defensa, 2025). Conocedores de las oportunidades, pero también de los desafíos procedentes de África, la nueva estrategia española establece cinco objetivos —reforzar, crecer, conectar, proteger y convivir— con 100 líneas de acción para responder a las necesidades de las partes vis a vis la otra.

Llevando la teoría a la práctica

La presencia marítima española ha contribuido a reducir el impacto de la piratería, el narcotráfico, la presencia de mafias, y otros delitos transnacionales; y ha formado y capacitado a las Fuerzas Armadas de algunos de los países de la zona para luchar contra estas amenazas.

Sin ser una de las principales potencias coloniales en África, España ha logrado ganar posiciones como actor clave en la gestión de desafíos que afectan tanto a nuestros vecinos del sur como a nosotros. Pero de poco sirve reconocer oficialmente que África es de gran relevancia geopolítica y estratégica para nuestro país si no llevamos la teoría a la práctica — o si olvidamos que las relaciones bilaterales deben orientarse a favorecer el progreso social, económico y político locales, y a asegurar una mayor estabilidad regional y una cooperación internacional más eficaz. La ubicación geográfica de España nos acerca a riesgos y amenazas a nuestra seguridad y defensa nacionales; pero también nos otorga una ventaja estratégica en cuestiones de lucha contra el terrorismo, la gestión de los flujos migratorios o la estabilidad africanas — y para las que son esenciales las relaciones consolidadas con vecinos como Marruecos, Argelia, Mauritania, Senegal y otros países del Sahel y el golfo de Guinea, con sus vertientes mediterránea y atlántica, respectivamente.

La relación con nuestro vecino del sur más cercano, Marruecos, ha sido una cuestión esencial en las interacciones entre España y África — marcada por el irredentismo marroquí que reclama Ceuta, Melilla y otros territorios españoles en suelo africano [5]; y por la ocupación y la retirada de España del Sáhara Occidental. Tras dos años de lucha armada por parte del Frente Polisario para lograr la independencia del enclave, el rey Hasán II de Marruecos organizó en 1975 la movilización masiva de unos 350.000 civiles conocida como “Marcha Verde” para presionar a España a abandonar la zona. En virtud de los Acuerdos de Madrid, España retiró sus tropas y cedió su administración a Marruecos y Mauritania. Pero, aún a día de hoy, el Sáhara Occidental forma parte de la lista de 17 “territorios pendientes de descolonización” considerados no autónomos del mundo por la ONU: sigue siendo responsabilidad de España, aunque está ocupado por Marruecos (Gil Lobo, 2019); y en 1976 los saharauis proclamaron la República Árabe Saharaui Democrática a pesar de que no se ha celebrado un referéndum en el enclave. España se ha quedado atrapada, durante décadas, en un conflicto diplomático latente con Marruecos. Ejemplo de ello fue el incidente en el Islote Perejil que estalló en el verano de 2002 cuando fue ocupado por un pequeño grupo de gendarmes marroquíes. España lo consideró una violación de su soberanía nacional y respondió con una operación militar para recuperarlo, exitosamente, sin bajas [6]. También la instrumentalización de la migración, empleada por Marruecos como herramienta de presión, tal y como ocurrió durante la crisis migratoria resultado de la entrada de unos 8.000 migrantes africanos a España a través de Ceuta y Melilla en 2021. Madrid ha adoptado una posición moderada para tratar de equilibrar las relaciones con Rabat, las demandas de autodeterminación del pueblo saharaui y la soberanía sobre las plazas españolas.

Además de Marruecos, España también depende de la cooperación con Argelia para controlar la inmigración ilegal y el terrorismo en el Sahel. Pero si hay un ámbito en el que dependemos de este país africano es el energético. Recientemente, el cierre del gasoducto Magreb-Europa en 2021 aumentó la dependencia española del gas natural de otros proveedores, forzando un reequilibrio de nuestra política energética. Solo un año después, España reconoció la propuesta de autonomía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, lo que provocó que Argel suspendiese su tratado de amistad con Madrid y pusiese trabas comerciales entre ambos [7]. España ha tratado de mantener un equilibrio estratégico entre Marruecos y Argelia, pero su aparente acercamiento al primero ha deteriorado las relaciones con el segundo. Los riesgos de descuidar los vínculos tanto con Rabat como con Argel en la seguridad española y europeas —insuficiente provisión energética, aumento de presiones migratorias, permeabilidad del terrorismo— son demasiado elevados. Algo similar ocurre con los países del golfo de Guinea: la presencia marítima española ha contribuido a reducir el impacto de la piratería, el narcotráfico, la presencia de mafias, y otros delitos transnacionales; y ha formado y capacitado a las Fuerzas Armadas de algunos de los países de la zona para luchar contra estas amenazas. De la seguridad del golfo de Guinea, depende la nuestra.

Y ahora, ¿qué?

España debe continuar adoptando un enfoque diplomático hacia África que no pierda de vista las complejas dinámicas regionales y los problemas globales que afectan al continente.

España debe asegurar la continuidad y el estrechamiento de los lazos comerciales con economías emergentes como Argelia, Egipto, Nigeria o Sudáfrica, en los sectores del turismo, la agricultura, la energía (renovables, petróleo o gas) o las infraestructuras (puertos o carreteras), y que han contribuido a la diversificación de las empresas españolas. Asimismo, y como ha venido haciendo a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), es imperativo para España continuar expandiendo sus programas de ayuda humanitaria, salud o educación, para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones locales.

El objetivo último de estas políticas e iniciativas está estrechamente relacionado con la seguridad española y europea: la migración irregular desde el continente africano, su control y gestión además de la protección de los refugiados y los derechos humanos, presentan desafíos recurrentes para España que perdurarán en el tiempo. De igual manera que se mantendrá a largo plazo la amenaza terrorista procedente de regiones africanas asoladas por la violencia, los vacíos de poder, la falta de garantías democráticas, la corrupción, los tráficos ilícitos, entre otros factores.

En definitiva, España debe continuar adoptando un enfoque diplomático hacia África que no pierda de vista las complejas dinámicas regionales y los problemas globales que afectan al continente. Una potencial entrada de España a la Unión Africana, en calidad de observador, nos permitiría participar más activamente en los asuntos africanos, fortalecer nuestra posición económica y política en nuestras regiones de interés, y colaborar en la mejora de la seguridad y el desarrollo sostenible del continente. Manteniendo una política exterior activa en lo que respecta a la seguridad —en su más amplia definición—, Madrid podría lograr una mayor influencia en una zona del mundo que adquiere relevancia en los foros internacionales progresivamente. Colmar el vacío dejado por otras potencias europeas debería posicionarse en lo alto de nuestra política exterior respecto a África, no solo para apoyar los esfuerzos locales y regionales por la paz y la estabilidad en el continente, sino para evitar que otros actores estatales y no estatales hostiles para nuestros intereses lo hagan por nosotros.

[NOTAS]

[1] Portugal avanzó en la costa africana (1415), mientras que los españoles centraron su atención en las Canarias.

[2] Como oro, sal o marfil. La trata transatlántica de esclavos fue un pilar económico de las colonias y en la expansión imperial española, también hacia el norte de África en su lucha contra el Imperio otomano y Marruecos.

[3] El proceso estuvo sometido a presiones internacionales de Naciones Unidas y la Organización para la Unión Africana tras la independencia de otras colonias europeas. La resolución 2067/1965 de la Asamblea General de la ONU pidió la descolonización inmediata de Guinea Ecuatorial; España organizó un referéndum, se celebraron elecciones presidenciales y las tropas españolas abandonaron el país tras la proclamación de independencia.

[4] European Union Military Assistance Missions (EUMAM) y European Union Training Missions (EUTM).

[5] Además de aguas territoriales en las islas Canarias, del mismo modo que Argelia reclama aguas en las Baleares.

[6] EEUU evitó que el conflicto escalara a través de la mediación diplomática y el islote volvió a quedar desocupado.

[7] El conflicto —político, territorial y geoestratégico— entre Marruecos y Argelia afecta a España en materia de energía, migración y seguridad en general. Mientras que Marruecos reclama el Sáhara Occidental, Argelia apoya al Frente Polisario; la frontera entre los dos países está cerrada desde 1994 y Argel rompió relaciones diplomáticas con Rabat en 2021; Marruecos tiene fuerte relación con EEUU, y Argelia es aliada de Rusia y China.

Referencias

Gil Lobo, A. (10 marzo 2019). ¿Cuáles son las colonias que todavía quedan en el mundo?, en El Orden Mundial. Recuperado de: https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/las-colonias-que-quedan-en-el-mundo/

La Moncloa (19 mayo 2006). Plan África 2006-2008, en Archivo. Recuperado de:
https://www.lamoncloa.gob.es/paginas/archivo/190506-africa.aspx

MAEUEC (13 diciembre 2024). Estrategia España-África 2025-2028, en Comunicación. Recuperado de: https://www.exteriores.gob.es/es/Comunicacion/Noticias/Paginas/Noticias/Estrategia-España-África-2025-2028-relación-estratégica.aspx

Ministerio de Defensa (enero 2025). Misiones en el exterior, en Misiones. Recuperado de:
https://www.defensa.gob.es/misiones/en_exterior/

– Fin –

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