EUROPA Y SU EJÉRCITO IMPOSIBLE. 1954-2025

Los documentos desclasificados de la Guerra Fría. La sinopsis K

La propuesta de crear un ejército europeo común no es nueva. En realidad, es una idea tan antigua como inacabada. Nació con fuerza entre 1950 y 1952, tras la Segunda Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, cuando el continente buscaba una solución estructural a su inseguridad militar. Un rearme racional frente a la experiencia vivida de la barbarie del pasado. Y volvería con fuerza tras cada crisis geopolítica, desde Kosovo a Ucrania en versiones recicladas y en múltiples formatos: iniciativas de intervención, tratados de cooperación, y más recientemente, hojas de ruta como la Brújula Estratégica o el Libro Blanco de la Defensa. Pero siempre con un patrón común: retórica sin estructura, voluntad sin músculo, y ambición sin convergencia real.

El primer gran intento serio fracasó con estrépito. En 1950 el gobierno francés de René Pleven propuso la Comunidad Europea de Defensa (CED), un tratado para crear un ejército supranacional integrado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. Desde luego era una solución a la paradoja del momento: integrar a la República Federal de Alemania en el sistema defensivo occidental sin devolverle un ejército nacional autónomo. EE.UU, bajo la presidencia de Harry S. Truman y con Dean Acheson como Secretario de Estado,[1] respaldó firmemente el proyecto —consultado en el documento Sinopsis K, Desarrollo de un Ejército Europeo y un papel para Alemania Occidental, donde Eisenhower pide la integración de Europa [2]— que incluye como punto más relevante, «[l]a integración, bajo una autoridad supranacional conjunta, de todas las fuerzas armadas existentes y futuras destinadas a la defensa de Europa». [3]

«[l]a integración, bajo una autoridad supranacional conjunta, de todas las fuerzas armadas existentes y futuras destinadas a la defensa de Europa».

El representante de EE.UU. ante el Consejo Atlántico, Charles Spofford, coincidía con esta visión, señalando además, la conveniencia de que Europa asumiera mayores responsabilidades defensivas. El contexto geopolítico apremiaba: la OTAN, recién fundada en 1949, todavía carecía de capacidad operativa real, y la guerra en Corea había revelado las limitaciones de las fuerzas europeas.

La lógica estadounidense era pragmática. Un ejército europeo fuerte y cohesionado, aunque formalmente independiente, permitiría contener a la URSS, evitar la proliferación de ejércitos nacionales mal coordinados en una Europa devastada, y ofrecer a Washington un interlocutor único en vez de una multitud de agendas y compromisos distintos, todos para una misma Europa. Sin embargo, a medida que la viabilidad política del proyecto se desvanecía —especialmente tras las reticencias de Francia—, Estados Unidos comenzó a replegarse hacia soluciones bilaterales con aliados estratégicos.

El pragmatismo americano se intuye incluso antes de ese gran intento. En pleno contexto de la concreción del Plan Marshall de ayuda estadounidense para Europa, el 20 de diciembre de 1951, en el «Gran Debate»,[4] el expresidente Hoover,[5] haciendo una valoración de las fuerzas comunistas y del mundo occidental, ya contempló la posibilidad de unas fuerzas militares comunes para Europa Occidental: «[i]ncluso si Europa Occidental estuviera armada mucho más allá de cualquier programa contemplado, nunca podríamos llegar a Moscú».[6] Hacía Hoover referencia a las fuerzas terrestres — y esa fue una de las causas del cambio de estrategia de la OTAN—.

Existía, como se decía, una duda razonable a la creación de esa Fuerza Conjunta Europea y era la posibilidad de que la Unión Soviética podría aniquilarla en cualquier momento durante su preparación. Robert Taft,[7] el senador republicano contrario a la política de Truman, el 5 de enero, en la continuación del «Gran Debate» dudaba de «la viabilidad actual de construir un ejército internacional para Europa, ya que los rusos podrían aplastarlo en cualquier momento durante sus tres años de preparación, si decidieran que representaba una amenaza demasiado grande para ellos».[8]

«No estamos ciegos ante la necesidad de preservar la civilización occidental en el continente europeo [..] Pero la obligación principal de la defensa de Europa Occidental recae sobre las propias naciones europeas. La prueba es si tienen la fuerza espiritual, la voluntad y la aceptación de la unidad entre ellos por su propia voluntad. América no puede crear su fuerza espiritual». [o como dijo el general Marshall] [E]l mayor factor en la creación de fuerza militar para Europa Occidental era la “construcción de la moral —de la voluntad de defenderse— la determinación de luchar si fuera necesario»».[9]

La propuesta de la CED incluía un mando militar común y tropas integradas de Francia, Alemania Occidental, Italia y los países del Benelux. El tratado se firmó el 27 de mayo de 1952 en París, pero la Asamblea Nacional Francesa lo rechazó el 30 de agosto de 1954. Con ello, Francia —que lo había propuesto— se convirtió también en su verdugo. Diferentes autores sostienen, con cierta lógica, que la CED murió porque Francia temía tanto a una Alemania armada como a una Europa que no pudiera controlar. El Reino Unido, por su parte, nunca apoyó la idea. Así, el primer intento de una defensa europea supranacional murió antes de nacer, enterrando con él una oportunidad única de articulación continental en política militar.

El fracaso de la CED no fue técnico, sino político. A pesar del respaldo estadounidense y del complejo andamiaje institucional contemplado en el Acuerdo de Bonn y en el Protocolo de París,[10] el proyecto nunca superó las divisiones internas. La viabilidad de una auténtica comunidad de defensa dependía, en aquel momento, de que los Estados implicados aceptaran ceder una parte real de su soberanía militar. Las posiciones políticas clave se definieron en el intercambio diplomático entre París y Bonn, en el que Francia dejó claro que su participación estaba condicionada a un reconocimiento explícito de su papel histórico en la defensa europea. Desde Washington, la administración estadounidense coincidía en que la aceptación francesa del rearme alemán solo sería posible dentro de una estructura supranacional que sirviera de marco político y estratégico, sin la cual la integración de Alemania Occidental en el sistema defensivo europeo sería inviable.

Francia ha sido un actor discordante constante. Desde 1954 hasta 2025, ha saboteado toda estructura que no es capaz de controlar. Lo hizo con la CED, y lo ha hecho más recientemente, en reiterados intentos con los sucesivos programas de Defensa a nivel europeo, los últimos esfuerzos disonantes los encontramos con el futuro caza de combate europeo o con el Eurodrone —obsoleto sin haberse terminado—, condicionando los avances a sus intereses industriales.

A lo largo de las décadas, Europa ha multiplicado los experimentos de cooperación militar sin llegar a consolidar una estructura real de defensa común. El Eurocuerpo, creado en 1992 por Francia y Alemania tras el Tratado de Maastricht, se concibió como una fuerza multinacional capaz de operar bajo mandato de la UE, la OTAN o la ONU. Durante un tiempo fue presentado como el embrión de un futuro ejército europeo. Sin embargo, su carácter estrictamente intergubernamental, la ausencia de un mando autónomo, y la necesidad de autorización expresa de los Estados miembros para cada despliegue han limitado su operatividad e impacto real. Ha participado en algunas misiones, pero nunca ha sido utilizado como instrumento estructural de defensa común, sino como fuerza disponible caso por caso, dependiendo de contextos diplomáticos complejos y mandatos internacionales.

Algo similar ocurrió con las denominadas Operaciones de Petersberg,[11] definidas inicialmente en 1992 por la Unión Europea Occidental (UEO) y asumidas posteriormente por la UE en el Tratado de Ámsterdam (1997). Estas operaciones establecían los límites y naturaleza de la acción militar europea: misiones humanitarias, de evacuación, de mantenimiento de la paz y de gestión de crisis, incluyendo el uso limitado de la fuerza. Aunque fueron un avance conceptual al expandir el campo de acción de la UE más allá de lo estrictamente civil, también revelaron el deseo de evitar cualquier forma de integración militar real. Las Operaciones de Petersberg delimitaban el papel militar europeo a un espectro de bajo riesgo político y alta aceptación diplomática, lejos de cualquier noción de autonomía estratégica sustantiva.

Las Operaciones de Petersberg delimitaban el papel militar europeo a un espectro de bajo riesgo político y alta aceptación diplomática, lejos de cualquier noción de autonomía estratégica sustantiva.

Hoy, como entonces, lo que frena la defensa europea no es la falta de amenazas ni de capacidades, sino la ausencia de una cultura estratégica común. Cada país sigue definiendo su política de defensa desde su historia, su geografía y su política interior. De ahí la urgencia de promover una Cultura de Defensa europea compartida. Solo mediante una divulgación sostenida, estratégica y coherente, capaz de crear un relato compartido de amenazas, valores y objetivos, será posible alumbrar una ciudadanía europea consciente de su seguridad y de su defensa. Sin ella, cualquier intento de integración militar está condenado al inmovilismo.

El Ejército Europeo sigue siendo una quimera discursiva. Europa ha tenido tratados, documentos estratégicos, grupos de batalla y fondos de defensa. Pero nunca ha construido una estructura militar común. Cada crisis —Kosovo, Libia, Afganistán, Ucrania— confirma su dependencia. Y cada intento de avanzar tropieza con la misma resistencia: la negativa de los Estados miembros a renunciar al control nacional de la fuerza. Una razón muy poderosa al no ser la Unión Europea los Estados Unidos de Europa.

Tal vez, en lugar de insistir en la quimera de un ejército europeo único —políticamente inviable y jurídicamente tóxico—, la UE debería apostar por la interoperabilidad total: compatibilidades en mando y control, movilidad militar sin trabas, estandarización logística y doctrinas comunes. Una suerte de espacio Schengen de defensa, en el que los ejércitos nacionales conserven su soberanía pero actúen como engranajes de un sistema coordinado. Proyectos como PESCO o la EDA (Agencia Europea de Defensa) apuntan en esa dirección, pero siguen careciendo del impulso político y operativo necesario.

[L]a UE debería apostar por la interoperabilidad total: compatibilidades en mando y control, movilidad militar sin trabas, estandarización logística y doctrinas comunes. Una suerte de espacio Schengen de defensa, en el que los ejércitos nacionales conserven su soberanía pero actúen como engranajes de un sistema coordinado.

Europa no necesita un ejército común para tener una defensa común. Pero sí necesita, urgentemente, una voluntad política real, una arquitectura funcional, y una narrativa compartida. Y sobre todo, necesita que los actores con más peso —especialmente Francia— dejen de entorpecer lo que dicen querer construir. La historia ya ha ofrecido suficientes lecciones. Lo que falta es decisión para no repetirlas.

Su arquitectura institucional [la de la Unión Europea] está sobrealimentada de directrices, estrategias y esquemas sin tropa ni pólvora.

Europa, o sea, la Unión Europea, sigue y seguirá siendo una gran potencia burocrática, pero continúa siendo un enigma geopolítico: profusa en declaraciones, vacía en determinación. Su arquitectura institucional está sobrealimentada de directrices, estrategias y esquemas sin tropa ni pólvora. Lo que se presenta como autonomía estratégica es, en el mejor de los casos, un ritual de autoafirmación retórica. Europa no es un actor, sino un auditorio donde las cancillerías europeas hablan de soberanía, pero sin una cultura estratégica común, sin interoperabilidad real y sin voluntad compartida, todo intento militar europeo seguirá condenado a la parálisis.

Más de siete décadas después, Europa sigue atrapada en la misma paradoja que identificaban los arquitectos de su defensa en los años cincuenta. No es la carencia de recursos, ni siquiera la ausencia de amenazas, lo que debilita la defensa europea, sino la incapacidad de construir una cultura estratégica común. Como advertía el general Marshall, «la voluntad de defenderse» fue el mayor factor decisivo para la creación de una fuerza militar para Europa. Hoy, la verdadera prueba para la Europa de la Defensa no es tecnológica ni presupuestaria, sino moral: tener la fuerza espiritual, la voluntad y la aceptación de una unidad nacida de su propia decisión. Ninguna potencia externa puede otorgar esa fuerza; si Europa no la forja por sí misma, la historia seguirá repitiéndose con la misma impotencia de siempre.

NOTAS

[1]Harry S. Truman fue el trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos de América (1945-1953). Dean Acheson fue Secretario de Estado con el presidente Truman (1949-1953).

[2]Dwight D. Eisenhower. General de cinco estrellas. Comandante supremo de las Fuerzas Armadas aliadas en Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Sucesor de Harry S. Truman, fue el trigésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América (1953-1961).

[3]Archivo, Synopsis K, Devoloping a European Army and Role for West Germany, July 1951–February 1952, No. 1722150-13, Harry S. Truman Library, U.S. Government National Archives and Records Services.

[4]“El Gran Debate” fue la denominación dada en Estados Unidos al intenso debate político y constitucional que tuvo lugar entre 1950 y 1951 sobre el envío de tropas estadounidenses a Europa como parte de la defensa de la OTAN. La discusión enfrentó al presidente Harry S. Truman y al secretario de Estado Dean Acheson con sectores del Congreso, encabezados por el senador Robert A. Taft, en torno a si el presidente tenía autoridad para desplegar fuerzas militares sin la aprobación previa del Legislativo.

[5]Herbert Hoover fue el trigésimo primer presidente de los EE.UU (1929-1933). Fue asesor del presidente Truman sobre la ocupación militar americana en Alemania Occidental.

[6]Archivo, Synopsis H, «The Great Debate» and Troops to Europe, December 1950–April 1951, No. 172150-10, Harry S. Truman Library, U.S. Government National Archives and Records Services.

[7]Robert A. Taft (1889–1953) fue un senador republicano por Ohio y una de las figuras más influyentes del Partido Republicano en el periodo de posguerra. Hijo del expresidente William H. Taft, se opuso a la participación militar de EE. UU. en Europa en tiempos de paz y fue uno de los principales críticos del presidente Harry S. Truman durante el “Gran Debate” de 1950–1951.

[8]Synopsis H, «The Great Debate» and Troops to Europe, December 1950–April 1951, Harry S. Truman Library.

[9]Synopsis H, «The Great Debate» and Troops to Europe, December 1950–April 1951, Harry S. Truman Library.

[10]El Acuerdo de Bonn (26 de mayo de 1952) devolvió a la República Federal de Alemania gran parte de su soberanía, sentando las bases para su incorporación a la Comunidad Europea de Defensa. El Protocolo de París (23 de octubre de 1954) reorganizó la seguridad europea tras el fracaso de la CED, creando la Unión Europea Occidental e integrando a Alemania Occidental en la OTAN. Las palabras de Eisenhower —en parte, recogidas en este documento— dieron un fuerte impulso a las negociaciones en París entre representantes de Francia, Alemania, Italia y las naciones del Benelux. Véase: Synopsis K, Developing a European Army and Role for West Germany, Harry S. Truman Library.

[11]El Hotel Petersberg, situado cerca de Bonn, fue en la posguerra una de las sedes diplomáticas más relevantes de Alemania Occidental. En 1952, albergó las reuniones del denominado Comité Aliado-Alemán de expertos militares, cuyas recomendaciones —conocidas como el “plan de Petersberg”— proponían «un ejército alemán de 12 divisiones de 15.000 a 18.000 hombres cada una, que, con los servicios de apoyo, permitiría…» En contraste, el “plan Pleven” francés buscaba integrar unidades alemanas en una fuerza multinacional. Décadas más tarde, en 1992, el mismo enclave volvió a cobrar relevancia como sede de la reunión ministerial de la Unión Europea Occidental (UEO) en la que se definieron las “Operaciones de Petersberg”, un catálogo de misiones militares y humanitarias que, en 1997, sería incorporado al Tratado de Ámsterdam y a la futura Política Europea de Seguridad y Defensa. Véase: Synopsis K, Developing a European Army and Role for West Germany, Harry S. Truman Library.

– Fin –

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