ESPAÑA, LA OTAN Y LA IMPOSICIÓN DEL 5%

Una alianza no se construye con porcentajes

Mientras la OTAN presiona por un gasto del 5% del PIB en defensa, los españoles deberíamos reclamar una estrategia basada en capacidades reales, cultura de defensa y soberanía nacional.

En plena negociación del próximo documento de la cumbre de la OTAN, la carta enviada por el presidente Pedro Sánchez al secretario general de la Alianza Atlántica ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que nunca se ha resuelto del todo: ¿cuánto debe gastar un país en defensa? Y, sobre todo, ¿quién lo decide, en función de qué criterios, y con qué objetivos? La propuesta de fijar el 5% del PIB como objetivo común no solo es cuestionable: es una cifra arbitraria, políticamente construida y estratégicamente discutible. La seguridad colectiva no se construye desde el Excel. No es una carrera de porcentajes, sino una suma de compromisos reales, capacidades sostenidas y planes a largo plazo.

La seguridad colectiva no se construye desde el Excel. No es una carrera de porcentajes, sino una suma de compromisos reales, capacidades sostenidas y planes a largo plazo.

España debe invertir más en defensa, pero no para alcanzar un número arbitrario. Debe hacerlo para recuperar las capacidades perdidas, mantener, consolidar y mejorar las existentes, y prepararse para los desafíos del futuro. Ese esfuerzo debe centrarse en un plan industrial, económico, político y, sobre todo, cultural. Y aquí es donde se revela el gran agujero de nuestra estrategia: la ausencia total de una Cultura de Defensa real.

Esta carencia no solo es estratégica: es constitucionalmente contradictoria. El artículo 30 de nuestra Constitución es claro: “Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España”. Pero ¿cómo puede una ciudadanía ejercer ese deber si no se le forma, si no se le informa, si no se le incluye en el debate? La defensa nacional no puede ser un arcano técnico ni un feudo reservado a élites militares o políticas. Debe ser, como recoge la Directiva de Defensa Nacional, un “asunto de indudable trascendencia que debe ser asumido por todos los españoles”.

Para ello es imprescindible promover una Cultura de Defensa real, sostenida y transversal. El propio Ministerio de Defensa la define como “el conjunto de conocimientos que permite a las personas desarrollar juicios u opiniones sobre los instrumentos con que el Estado protege a los ciudadanos de determinados peligros, siendo las Fuerzas Armadas uno de los instrumentos más importantes”. Sin esa cultura, sin esa base pedagógica, el discurso sobre defensa seguirá siendo reactivo, improvisado y vulnerable a los vaivenes ideológicos o electorales.

No se puede imponer una cifra fija como condición universal. La OTAN no es un bloque homogéneo, nunca lo fue, y pretender que lo sea ahora es ignorar su propia historia. Existen casos singulares y regímenes especiales plenamente aceptados. Islandia, por ejemplo, es miembro fundador de la Alianza y no tiene fuerzas armadas. Su aportación se articula a través de acuerdos bilaterales y capacidades civiles. ¿Le van a exigir a Islandia el 5% del PIB? No, porque su singularidad está reconocida y es respetada. Francia, por su parte, mantuvo durante décadas una relación funcional pero distante, fuera de la estructura militar integrada. Y aunque volvió en 2009, sigue manteniendo su autonomía estratégica y su disuasión nuclear al margen de la estructura aliada. La OTAN lo acepta, porque Francia tiene peso específico. ¿Por qué no se aplica esa misma lógica a otros socios como España?

El caso de Turquía también ilustra la flexibilidad pragmática de la Alianza. A pesar de sus tensiones constantes con otros aliados, su política exterior agresiva, sus desafíos al Estado de Derecho o sus acciones unilaterales, nadie cuestiona su pertenencia ni le impone represalias estructurales. La razón es simple: Turquía es geoestratégicamente imprescindible. La OTAN es tolerante si el socio es útil y poderoso. Este doble rasero es evidente. A unos se les exige obediencia y porcentajes exactos, mientras otros operan con márgenes de autonomía mucho más amplios. La Alianza ha sobrevivido y evolucionado precisamente porque ha sido capaz de integrar estas diferencias. Pretender hoy unificar todo en torno a una cifra arbitraria no solo es injusto, sino estratégicamente erróneo.

La OTAN es tolerante si el socio es útil y poderoso. Este doble rasero es evidente. A unos se les exige obediencia y porcentajes exactos, mientras otros operan con márgenes de autonomía mucho más amplios.

Además, cabe preguntarse: ¿el 5% para qué? ¿En qué se va a traducir ese aumento? ¿Cuál será el retorno estratégico? ¿Va a comprometerse la OTAN con el aseguramiento del flanco sur de forma seria? Porque la presión migratoria, el yihadismo en expansión, la inestabilidad en el Magreb o la penetración de potencias como Rusia, China e Irán en África no son amenazas futuras: son presentes y crecientes. ¿Están los países nórdicos, tan vehementes con el gasto cuando se trata de Rusia, dispuestos a comprometerse igual cuando la amenaza llegue —como sin duda ocurrirá— desde el sur? ¿Van a ser tan solidarios, tan estratégicos y tan insistentes?

El 5% sin estrategia compartida es puro formalismo. Y lo que necesitamos no es un club de contables del gasto, sino una Alianza que entienda las amenazas en toda su diversidad. Que comprenda que la seguridad de Europa no se juega solo en los bosques bálticos, sino también en las costas del Mediterráneo y en los desiertos del Sahel.

Invertir en defensa aumentando el PIB, no es hacer la compra en un supermercado con un carrito más grande. No hay sistemas antiaéreos en el estante del medio ni destructores en la sección de congelados. Las capacidades no se improvisan. Se planifican. Se desarrollan. Se sostienen. Y para eso se necesita una visión estratégica a largo plazo, no una política de gasto acelerada por presión externa o por nerviosismo presupuestario. Gastar no significa defender. Si no se acomete una mejora estructural del tejido industrial, si no se acompasa esa inversión con políticas económicas sostenidas y con una estrategia de desarrollo tecnológico, de nada sirve multiplicar el presupuesto. El resultado será el mismo: dependencia, ineficiencia, frustración y una sociedad distante.

Y más allá de lo urgente, España debe pensar también en lo inevitable: el futuro del conflicto no será solo terrestre, naval o aéreo. Será cibernético, será espacial, será cognitivo. Nos enfrentaremos a guerras de desinformación frecuentes, ataques a infraestructuras críticas, satélites inutilizados, inteligencia artificial ofensiva y estrategias para quebrar la moral de las sociedades antes que sus ejércitos. España debe pensar en sistemas antimisiles, en misiles balísticos y en procesadores cuánticos. No podemos limitarnos a reforzar lo que ya conocemos. Tenemos que anticipar lo que viene. Y para eso se necesita tiempo, visión y valentía.

Nos enfrentaremos a guerras de desinformación frecuentes, ataques a infraestructuras críticas, satélites inutilizados, inteligencia artificial ofensiva y estrategias para quebrar la moral de las sociedades antes que sus ejércitos.

La carta enviada por el presidente del Gobierno al secretario general de la OTAN no está realmente dirigida a Bruselas. Está escrita, sobre todo, para sus socios de gobierno —ni siquiera para su electorado— como parte de un nuevo intento por resistir en el poder, aunque sea a costa de sacrificar el pragmatismo internacional y bloquear la lógica parlamentaria nacional. En un momento político delicado, el presidente ha preferido el gesto a la negociación. Pero para resistir verdaderamente en la OTAN hace falta algo más: ser un socio creíble, tener peso específico, y poder defender con solvencia técnica y política la posición española. Y esa solvencia no se construye con guiños retóricos ni con excepciones maquilladas, sino con coherencia, estrategia y presencia real en las decisiones que definen el futuro de la seguridad colectiva. Sánchez ha podido tener razón en el fondo —ninguna cifra debería imponerse por decreto—, pero la forma elegida ha dinamitado la diplomacia necesaria para que se nos vea como un aliado fiable.

España ocupa una posición geoestratégica que debería situarla entre los actores clave de la Alianza: puente entre continentes, frontera sur de Europa, enclave atlántico, acceso al Mediterráneo y puerta al norte de África. Un país con bases, con presencia internacional, con experiencia operativa. Y, sin embargo, no pesa en los centros donde se decide el rumbo de la OTAN. No persuade, no influye, no convence. Y esa pérdida de influencia no es solo un problema hacia fuera: es también el reflejo de un vacío estructural hacia dentro.

Porque tampoco hemos sido capaces de concienciarnos a nosotros mismos. De construir una narrativa nacional que vincule defensa y democracia, seguridad y soberanía, estabilidad y bienestar. Seguimos tratando la defensa como un gasto incómodo, como un tema de élites o como un peaje que hay que pagar para quedar bien con el exterior. Sin discurso propio, sin convicción interna, sin liderazgo político, es imposible esperar respeto diplomático. Y aún menos liderazgo.

La carta de Sánchez no es solo diplomáticamente inútil; es el síntoma de un país que renuncia a jugar un papel real en las estructuras de seguridad colectiva, a pesar de tener todas las cartas para hacerlo. Y eso, en el contexto de un mundo cada vez más inestable, es una renuncia peligrosa.

Y mientras todo esto ocurre, el orden internacional basado en reglas se degrada inexorablemente No se trata solo de la violencia o la inestabilidad global, sino de algo más profundo: la desaparición del principio de legalidad como fundamento de las relaciones internacionales. El reciente ataque de Estados Unidos contra Irán —sin mandato, sin consulta, sin consecuencias— no es solo un acto unilateral: es un síntoma más de que ya no hablamos de aliados, sino de vasallos. Los abusones marcan las reglas, y los demás obedecen o desaparecen del mapa estratégico.

Lo más grave es que Occidente ya no defiende con firmeza ese mundo de normas que dice representar. Y esa dejación está corrompiendo a la OTAN desde dentro. La Alianza Atlántica nació como un escudo defensivo entre iguales, no como un instrumento para reforzar la voluntad de uno solo. Y, sin embargo, hemos llegado al punto en que uno de sus miembros más poderosos —Estados Unidos— ha sugerido abiertamente que no descartaría el uso de la fuerza para hacerse con Groenlandia, territorio soberano de otro socio de la Alianza, vulnerando la esencia misma de la defensa colectiva y la soberanía compartida.

¿Dónde están las líneas rojas? ¿Dónde la condena? ¿Dónde la defensa de los principios fundacionales? La OTAN, que debería ser garante de la estabilidad, la legalidad y el respeto mutuo entre naciones, empieza a parecerse demasiado a una estructura vacía, donde el poder sustituye al consenso, y donde la falta de liderazgo, la ausencia de escrúpulos y el colapso de los valores compartidos producen lo que estamos viendo: una alianza desfigurada, instrumentalizada, y cada vez más desconectada de sus propias razones de ser.

En ese escenario, España necesita más que cifras: necesita estrategia, pedagogía y soberanía. Necesita una Cultura de Defensa viva y compartida, no un fetiche presupuestario ni una carta redactada para salvar un ciclo político interno. Porque sin relato, sin autonomía y sin apoyo social, ningún país puede defenderse realmente. Ni siquiera dentro de la OTAN.

– Fin –

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