Introducción
[La desinformación] afecta directamente a las sociedades modernas: erosionando la cohesión social, debilitando la confianza en las instituciones democráticas, alterando la percepción de amenazas y condicionando decisiones individuales y colectivas.
Tras haber explorado en la primera parte de este análisis los fundamentos conceptuales, contextuales y estructurales de la desinformación, esta segunda entrega se centra en analizar sus consecuencias reales y tangibles, y las principales estrategias que se están diseñando para combatirla desde múltiples frentes.
Si en el primer documento se establecieron las bases sobre qué es la desinformación, cómo se propaga, quiénes la impulsan y por qué encuentra una audiencia tan receptiva, ahora se profundiza en cómo afecta directamente a las sociedades modernas: erosionando la cohesión social, debilitando la confianza en las instituciones democráticas, alterando la percepción de amenazas y condicionando decisiones individuales y colectivas.
Asimismo, se examinarán las respuestas institucionales, tecnológicas y ciudadanas que se han propuesto —y en muchos casos, implementado— para frenar su expansión. Desde doctrinas estratégicas impulsadas por organizaciones internacionales como la OTAN o la UE, hasta iniciativas innovadoras de alfabetización mediática y cooperación cívico-militar, haciendo un recorrido por los principales mecanismos de resiliencia informativa que buscan proteger el espacio público y la democracia ante una amenaza en constante evolución.
Impacto de la desinformación
La difusión sistemática de narrativas opuestas, conspirativas o emocionalmente cargadas fragmenta la esfera pública consolidando burbujas o comunidades informativas cerradas, que se caracterizan por tener creencias homogéneas y muy resistentes a la disonancia cognitiva.
La desinformación no es un fenómeno aislado, sino una estrategia metódica de influencia, cuyas consecuencias abarcan desde la seguridad nacional hasta la vida cotidiana. Ha sido reconocida por organismos internacionales como la OTAN y la Unión Europea como una de las principales amenazas híbridas del siglo XXI, superando las fronteras del ámbito informativo y provocando consecuencias estructurales en el plano político, social y de seguridad.
IMPACTO POLÍTICO: EROSIÓN DEMOCRÁTICA Y GUERRA HÍBRIDA
En el plano político, la desinformación es utilizada como una herramienta de guerra no convencional focalizada en socavar la cohesión social, polarizar sociedades y deslegitimar gobiernos. La OTAN, en su documento “Countering Disinformation in the Digital Age” (2021), señala que actores estatales como Rusia han realizado operaciones de desinformación para interferir en procesos electorales en países miembros como Estados Unidos, Francia y Alemania.
Estas campañas, diseñadas para reducir el respaldo ciudadano a la cooperación internacional en defensa, fomentar la abstención electoral y erosionar el prestigio de los líderes occidentales, no solo minan la democracia en los países objetivo, creando desconfianza en el marco democrático, sino que van más allá. Atacan directamente a los procesos de regionalización y colaboración, creando movimientos escépticos y contrarios que superan las fronteras nacionales y arrasan con todas aquellas estructuras supranacionales, rompiendo puentes y tensionando la esfera geopolítica, desestabilizando regiones ya tensionadas. Ejemplo de ello también han sido las campañas de desinformación lanzadas durante las elecciones europeas en los países bálticos y escandinavos para debilitar la confianza en la OTAN y en la UE.
Un caso paradigmático y muy estudiado fue la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos. Diversos estudios han documentado que la Agencia de Investigación de Internet (IRA) de Rusia operó miles de cuentas falsas cuyo objetivo fue influir en la opinión pública y en el debate sobre cuestiones sociales sensibles, así como polarizar a la ciudadanía estadounidense sembrando discordia. Tal como se plantea la guerra híbrida en puntos anteriores, la intervención en dichas elecciones es un ejemplo claro, donde el ciberespacio se convierte en un campo de batalla asimétrico.
IMPACTO SOCIAL: POLARIZACIÓN, RADICALIZACIÓN Y FRAGMENTACIÓN
En el ámbito social, los procesos de desinformación afectan de forma profunda la cohesión interna de los Estados, llegando a permear de una forma tan grave que afecta de forma permanente a las propias estructuras. De entre todos los efectos que causa, el más notable, y probablemente de los más graves, es el fenómeno de la polarización.
La difusión sistemática de narrativas opuestas, conspirativas o emocionalmente cargadas fragmenta la esfera pública consolidando burbujas o comunidades informativas cerradas, que se caracterizan por tener creencias homogéneas y muy resistentes a la disonancia cognitiva. Este fenómeno, conocido como ‘cámaras de eco’, debilita la deliberación democrática, refuerza la polarización ideológica y genera un rechazo sistemático hacia todo punto de vista externo. Ello hace que cualquier postura contraria, sea percibida no como una discrepancia legítima, sino más bien como una amenaza identitaria. Así, se producen procesos de erosión que afectan a los consensos básicos necesarios para la convivencia democrática, dificultando la construcción de una verdad compartida.
Estos actores “desinformativos” crean contenido que apela a lo más profundo de las emociones básicas como el miedo, la ira o la indignación, haciendo uso de técnicas de microsegmentación que les permite maximizar su eficacia. Estas campañas suelen utilizar temas divisivos como la inmigración, el nacionalismo, los derechos LGTBIQ+ o el feminismo para aumentar la hostilidad entre grupos ideológicos.
Un ejemplo muy documentado, incluso por la misma Academia Federal de Política de Seguridad (BAKS), institución central de Alemania para la educación y formación en políticas de seguridad, fue la campaña de desinformación lanzada contra Alemania en 2016, conocida como el “caso Lisa”. Una menor de origen ruso alemán fue reportada como desaparecida en Berlín en 2016. Tras su aparición, ella afirmó haber sido secuestrada y violada por tres desconocidos, cuestión que fue desmentida tras la investigación. En un escaso periodo de tiempo, el caso fue utilizado desde medios y figuras clave rusas para acusar a Alemania de tolerar y encubrir el abuso infantil, lo que provocó manifestaciones en varias ciudades alemanas. El objetivo de dicha campaña fue erosionar la política migratoria de Merkel y polarizar el debate interno.
IMPACTO EN LA SEGURIDAD Y LA PERCEPCIÓN
Es importante entender que la desinformación no solo manipula opiniones, sino también impacta sobre la percepción de las amenazas, modificando comportamientos colectivos. Este cambio en las percepciones puede alterar la toma de decisiones estratégicas en situaciones de crisis, ante la precisión de la sociedad.
De hecho, a nivel militar, la desinformación busca interferir en la planificación, en la moral de las tropas y en la legitimidad de las operaciones aliadas. En Ucrania, durante y después de la anexión de Crimea en el año 2014, Rusia desplegó una sofisticada operación que combinaba campañas de desinformación en medios digitales, propaganda clásica y narrativas históricas manipuladas para justificar la intervención. Esta operación consiguió afectar no solo a la población local, sino también a la comunidad internacional, dificultando una respuesta unificada.
IMPACTO SANITARIO: DESINFORMACIÓN COMO ARMA DE DESESTABILIZACIÓN
En el ámbito sanitario, la pandemia de COVID-19 fue un ejemplo perfecto de cómo la desinformación puede convertirse en una amenaza transnacional. Ya la OTAN advirtió sobre la proliferación de campañas impulsadas desde China y Rusia para desacreditar las vacunas occidentales y promover sus propias versiones, en lo que muchos denominaron “geopolítica de la salud”. Es importante entender que estas acciones no solo buscaban el posicionamiento internacional y geopolítico de estos países, sino impactar en la confianza de los ciudadanos en sus gobiernos y sistemas sanitarios.
Se pueden encontrar impactos directos de la desinformación relacionada con la salud en aquel momento: reducción de las tasas de vacunación, incremento de teorías conspirativas, saturación de los servicios médicos o la desconfianza en las autoridades científicas. En algunos países se puede ver cómo, a medida que se difundían estas campañas, aumentaban los movimientos antivacunas y el rechazo a las medidas de confinamiento, lo cual agravó la crisis sanitaria. Por ejemplo, en Estados Unidos, según un estudio de Kaiser Family Foundation, el 78% de los adultos no vacunados creía al menos una falsedad sobre el COVID-19. En Francia un estudio de Ipsos-Sopra Steria reveló que un 46% de los franceses se mostraban reticentes a vacunarse, la cifra más alta entre los países desarrollados.
IMPACTO COGNITIVO: LA INFORMACIÓN COMO DOMINIO DE GUERRA
Las campañas de desinformación actuales responden a una lógica altamente estructurada, lo que evidencia su carácter metódico y sostenido como instrumento de influencia geoestratégica. Según el Centro de Excelencia de Comunicaciones Estratégicas de la OTAN, estas operaciones suelen seguir fases similares a las de una operación militar: planificación, generación de contenidos, amplificación, retroalimentación y evaluación de impacto.
En este contexto, ocupa un lugar especial el concepto de guerra cognitiva, que es ya ampliamente utilizado para describir la manipulación directa de los procesos mentales de los ciudadanos. Busca explotar vulnerabilidades individuales y colectivas a través de herramientas como la información falsa, la descontextualización o las omisiones deliberadas, debilitando la voluntad de resistencia del adversario, generando apatía política o movilizando a ciertos sectores hacia la desestabilización interna.
Una de las grandes preocupaciones en la actualidad es el impacto que surge de la unión de la desinformación y de la inteligencia artificial. Las herramientas de IA permiten crear contenido falso -como deepfakes- que retan la capacidad humana de discernir lo verdadero. Estas nuevas tecnologías aumentan el número de campañas de desinformación disponible en un tiempo mínimo, pero también su nivel de profesionalización dificulta su detección.
Estrategias para combatir la desinformación
La lucha contra la desinformación es el gran reto de nuestra época. Requiere una arquitectura de respuesta compleja, basada en múltiples niveles de acción.
La lucha contra la desinformación es el gran reto de nuestra época. Requiere una arquitectura de respuesta compleja, basada en múltiples niveles de acción: institucional, cívico, tecnológico y comunicacional. Sin embargo, organizaciones como la OTAN y la UE, han desarrollado en los últimos años marcos conceptuales y operativos para hacer frente a esta amenaza híbrida que ponen su foco en la resiliencia informativa, en la coordinación internacional y en la defensa de los valores democráticos.
DOCTRINA OTAN Y ENFOQUE ESTRATÉGICO
La doctrina de la OTAN ha trabajado en los últimos años para incluir la desinformación como vector de amenaza en su enfoque integral de defensa. En su Cumbre de Bruselas de 2021 ya se puso sobre la mesa la necesidad de combatir las amenazas híbridas, destacando entre ellas las campañas de desinformación respaldadas por actores estatales. Dentro de sus marcos metodológicos, se define la información como un dominio más del conflicto, al igual que lo son el ciberespacio o el entorno físico.
Como parte de su estrategia, la organización ha implementado Centros de Excelencia en Comunicaciones Estratégicas (StratCom), como el ubicado en Riga (Letonia), encargado de estudiar, predecir y contrarrestar campañas de desinformación mediante el análisis de narrativas hostiles, el monitoreo de redes sociales y la producción de respuestas coordinadas que refuercen la resiliencia informativa de los Estados miembros. En sus entrenamientos y ejercicios de simulación, se analiza cómo la desinformación puede alterar la cohesión de los miembros, manipular a la opinión pública y retrasar decisiones operativas clave.
FORTALECIMIENTO DE LA RESILIENCIA DEMOCRÁTICA
Una de las estrategias clave para contrarrestar el efecto de las campañas de desinformación es el fortalecimiento de las sociedades democráticas a través de la resiliencia institucional y ciudadana con herramientas como la promoción de medios de comunicación independientes, el acceso universal a información veraz o la alfabetización mediática desde la educación básica.
La OTAN ha colaborado con la UE en campañas de concienciación pública y en el desarrollo de programas educativos que enseñan a los estudiantes a todos los niveles a identificar bulos, verificar fuentes y comprender los métodos de manipulación informativa que se pueden utilizar. Estas iniciativas se apoyan en herramientas digitales que permiten a los ciudadanos detectar contenido sospechoso, como los “checkbots”[1] o extensiones de navegador para verificar datos en tiempo real.
TECNOLOGÍA E INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Si bien la IA es uno de los grandes retos de nuestra época, también es una de las grandes oportunidades. Se han desarrollado algoritmos avanzados enfocados en rastrear la propagación y difusión de noticias falsas, así como detectar patrones de comportamiento automatizado (bots, cuentas troll).
La cooperación público-privada con empresas tecnológicas ha sido clave para implementar soluciones que permitan identificar, limitar e incluso eliminar el contenido desinformativo, sin embargo, aún nos encontramos con límites significativos. Los algoritmos pueden ser imprecisos o no estar del todo afinados, en el marco de la moderación automática, si no se controla bien, puede incurrir en censura, y la detección de desinformación requiere una interpretación contextual que, hasta el momento, solo los humanos pueden realizar eficazmente. Por ello, gran parte de las instituciones y expertos defienden una combinación de capacidades tecnológicas y análisis cualitativo.
COORDINACIÓN INTERNACIONAL Y DIPLOMACIA PREVENTIVA
A nivel diplomático, la cooperación se ha convertido en una herramienta esencial. La desinformación no conoce fronteras, por lo que su combate exige intercambio de inteligencia, armonización de legislaciones y cooperación judicial, promoviendo estándares comunes en materia de respuesta rápida y atribución de ataques informativos.
También se han planteado mecanismos de respuesta coordinada, como declaraciones conjuntas de desmentido, sanciones a medios estatales extranjeros que propaguen desinformación (RT, Sputnik) y creación de listas negras de actores digitales hostiles. Esta metodología busca aumentar los costes para quienes difunden desinformación, aplicando presión política, económica y simbólica.
ESTRATEGIAS EMERGENTES Y DESAFÍOS FUTUROS
Uno de los retos más urgentes y complicados es anticiparse a las nuevas formas que adoptará la desinformación. La evolución hacia el uso masivo de inteligencia artificial generativa, como GPTs o sistemas de síntesis de imagen, implica que en el futuro los bulos serán más creíbles, más personalizados y difíciles de rastrear. En este camino, algunas organizaciones han identificado este fenómeno como una amenaza crítica para la seguridad colectiva y financian proyectos de investigación orientados al desarrollo de capacidades de detección y mitigación.
Otra estrategia emergente y de gran interés es la cooperación cívico-militar en el combate a la desinformación. Algunos países han comenzado a integrar unidades de respuesta rápida informativa que trabajan en colaboración con periodistas, organizaciones no gubernamentales, plataformas digitales y expertos en redes sociales para identificar y contrarrestar la desinformación en tiempo real. Estos equipos operan especialmente en contextos vulnerables como procesos electorales, crisis humanitarias o conflictos geopolíticos, donde las campañas de desinformación o los bulos pueden tener efectos destructivos sobre la opinión pública y la estabilidad institucional. Estas iniciativas muestran cómo la defensa frente a la desinformación desborda el ámbito de la comunicación, siendo un pilar de la seguridad nacional y de la integridad democrática.
Algunos ejemplos los encontramos en países de Europa. En Francia, la creación de VIGINUM – organismo encargado de vigilar e identificar injerencias digitales extranjeras, especialmente campañas de desinformación dirigidas contra intereses nacionales- ha permitido al Estado rastrear injerencias digitales extranjeras, como las campañas prorrusas durante las elecciones de 2022. Por su parte, Suecia lanzó en 2022 su Agencia de Defensa Psicológica, con el objetivo explícito de proteger la democracia frente a la manipulación informativa externa. Ucrania, en plena guerra híbrida, consolidó su Centro de Lucha contra la Desinformación, que coordina respuestas oficiales diarias a la propaganda rusa. Por último, España cuenta desde 2019 con el Foro contra las Campañas de Desinformación, dependiente del Departamento de Seguridad Nacional, que coordina alertas informativas entre ministerios, inteligencia, plataformas digitales y medios públicos. Esta estructura ha sido activada en elecciones generales, durante la pandemia de COVID-19 y frente a campañas desinformativas sobre la OTAN y la guerra de Ucrania.
Conclusiones
[La desinformación es] una estrategia que explota las vulnerabilidades del entorno digital y las emociones humanas y consigue desestabilizar sociedades, debilitar gobiernos y manipular procesos colectivos.
La desinformación se ha afianzado como una amenaza estructural para las democracias contemporáneas, que trasciende el ámbito de la comunicación y se posiciona como un problema de seguridad nacional, salud pública, estabilidad social y legitimidad institucional. No se trata de un fenómeno novedoso, sino más bien de una estrategia que explota las vulnerabilidades del entorno digital y las emociones humanas y consigue desestabilizar sociedades, debilitar gobiernos y manipular procesos colectivos. Enfrentarla implica trabajar sobre sus causas estructurales, sin caer en respuestas simplistas o autoritarias.
Uno de los elementos más notables de la desinformación es su carácter estratégico, intencional y adaptativo. Nos encontramos ante una forma de guerra no convencional, lo que múltiples organismos y expertos denominan “amenaza híbrida”, que hace uso de herramientas como bots, deepfakes, microsegmentación algorítmica o inteligencia artificial generativa que multiplican su capacidad de alcance, velocidad y personalización. Esta instrumentalización de la información como arma cognitiva tiene como objetivo principal la manipulación de percepciones, creencias y emociones. Encontramos ejemplos tan preocupantes como el rechazo a las vacunas durante pandemias, la polarización extrema, la desconfianza en las instituciones democráticas o el deterioro del espacio público deliberativo. Ya no se trata solo de “informar mal”, sino de “reconfigurar el mapa mental” de las sociedades para alterar decisiones colectivas desde su base. Frente a este escenario, las estrategias de contención y respuesta deben ser multilaterales, sostenidas y éticamente sólidas.
La vulnerabilidad cognitiva del individuo, fruto de sesgos, sumado a factores demográficos y contextuales (nivel educativo, confianza institucional, entorno socioeconómico), explica por qué ciertos grupos son más proclives a interiorizar y difundir desinformación. Frente a ello, se requiere acciones que aúnen respuestas tecnológicas o institucionales y procesos de fortalecimiento del pensamiento crítico y la educación mediática desde las primeras etapas escolares.
Asimismo, es imprescindible avanzar hacia una gobernanza global de la información, que supere los enfoques nacionales fragmentados, pues una de las principales características de la desinformación es que no tiene fronteras. Esto implica establecer principios y estándares compartidos para la moderación de contenidos, la transparencia algorítmica, la atribución de ataques informativos y la rendición de cuentas de plataformas digitales.
Por último, es importante subrayar que la desinformación no se combate únicamente con control o censura, sino con más democracia, educación, periodismo de calidad y más participación ciudadana. La defensa del espacio informativo como bien común exige voluntad política, inversión pública y una ciudadanía activa, empoderada y consciente.
[NOTAS]
[1] Los checkbots son sistemas automatizados (bots) diseñados para verificar hechos, detectar noticias falsas y combatir la desinformación mediante el análisis automático de contenidos digitales.
Referencias
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