AUTONOMÍA ESTRATÉGICA… DEL PENSAMIENTO

Industria, soberanía y el vacío intelectual de la defensa

La autonomía estratégica se ha convertido en uno de los mantras más repetidos del discurso político occidental en los últimos años, y muy especialmente en el europeo. Se invoca de manera casi ritual en declaraciones institucionales, documentos oficiales, conferencias y foros especializados; a veces en boca del ponente de turno, subrayando su supuesto carácter revelador, otras con una firmeza impostada que pretende afianzar autoridad, y, en la mayoría de los casos, como una simple coletilla añadida a discursos previsibles y poco convincentes. El resultado es paradójico: un concepto llamado a ordenar la reflexión estratégica ha terminado por vaciarse de contenido a fuerza de repetición, como si su mera reiteración bastara para conjurar una realidad incómoda que se impone cada vez con más claridad: la creciente sensación de orfandad estratégica de unos países que, durante décadas, delegaron su seguridad última en Estados Unidos y que hoy descubren que esa garantía es cuestionable.

Un concepto llamado a ordenar la reflexión estratégica ha terminado por vaciarse de contenido a fuerza de repetición

Sin embargo, cuanto más se repite el término, más evidente resulta su vaciamiento conceptual. Se habla de autonomía estratégica como si fuera un objeto técnico, un conjunto de capacidades que se adquieren mediante inversión, industria e innovación. Se da por supuesto que basta con producir más, innovar más y depender menos de terceros para alcanzar una soberanía real. Y, sin embargo, casi nunca se formula la pregunta esencial: autonomía estratégica para qué, frente a qué y desde qué concepción del mundo. La autonomía estratégica empieza en el pensamiento.

En la Unión Europea, y de forma particularmente clara en países como España, la autonomía estratégica se ha reducido casi por completo a una cuestión de política industrial de defensa. No ya a una política de defensa en sentido amplio, sino a la promoción de un tejido industrial capaz de producir sistemas, plataformas y tecnologías consideradas críticas. Se repite, con razón, que sin industria no hay autonomía, y que sin innovación tecnológica no hay soberanía, pero este razonamiento, siendo correcto, es incompleto.

En la práctica, la política de defensa ha quedado subordinada no solo a la empresa de defensa, sino más específicamente a la empresa industrial de defensa, convertida en actor central del discurso estratégico. El debate gira en torno a programas, retornos industriales, cadenas de suministro y fondos europeos, mientras el plano conceptual —el intelectual, el del sentido y del sentimiento, el de la finalidad y el de la orientación del esfuerzo— queda relegado a un segundo plano, cuando no desaparece por completo. La pregunta incómoda es inevitable: ¿quién piensa la defensa cuando todo el debate lo ocupa la producción y la cadena de suministro?

La pregunta incómoda es inevitable: ¿quién piensa la defensa cuando todo el debate lo ocupa la producción y la cadena de suministro?

No se trata, evidentemente, de negar la existencia de planeamiento militar ni de cuestionar la formación que se imparte en academias y centros de altos estudios. La estrategia militar existe, se enseña y se perfecciona dentro de sus cauces profesionales. Pero la estrategia nacional, entendida como reflexión amplia sobre riesgos, amenazas, sociedad, intereses y voluntad política, parece haberse evaporado del espacio público.

¿Dónde están los grandes debates sobre el “dónde estamos” y el “hacia dónde vamos”? ¿Dónde está la divulgación de las publicaciones de referencia que articulen un pensamiento estratégico propio, reconocible y continuado? ¿Quién está construyendo un relato coherente sobre defensa que vaya más allá de consignas repetidas?

La experiencia en conferencias y foros especializados resulta reveladora. Se repiten los mismos conceptos, los mismos marcos, los mismos términos pseudotécnicos; se añaden dos o tres anglicismos oportunos para dotar de pátina profesional al discurso; se confunden deliberadamente Europa, la Unión Europea y los Estados miembros según convenga a la argumentación; y, por supuesto, nunca falta la cita al gurú de turno, casi siempre procedente del mundo anglosajón, ocasionalmente francés si el contexto empresarial lo sugiere.

Lo que casi nunca aparece en este debate son referentes nacionales en pensamiento estratégico, como si reflexionar desde una perspectiva propia fuera incómodo, peor aún, un ejercicio prescindible. Se diría que existe una forma de desdén implícito hacia todo aquello que no pueda medirse, fabricarse o integrarse en una cadena de producción, como si el pensamiento estratégico —por su naturaleza intangible— careciera de valor operativo. Sin embargo, la paradoja es evidente: mientras las amenazas se vuelven cada vez más difusas y complejas, y su intangibilidad se transforma en un riesgo tangible para las sociedades, la consigna parece reducirse a una fórmula empobrecedora: «hay que producir la defensa, no pensar la defensa».

Hay que producir la defensa, no pensar la defensa.

Hay un vacío aún más preocupante, la desconexión casi total entre defensa y ciudadanía. ¿Quién se ocupa de trasladar conocimiento estratégico a la sociedad? ¿Quién explica riesgos, dilemas y prioridades de manera comprensible y honesta? La defensa sigue tratándose como un ámbito técnico, opaco y reservado, cuando en realidad es una cuestión de soberanía y la soberanía reside en el pueblo.

Sin divulgación no hay cultura estratégica, y sin cultura estratégica no puede haber una opinión pública madura en un ámbito que afecta directamente al núcleo del Estado. La defensa no puede decidirla exclusivamente el complejo industrial de defensa. Hacerlo equivale a despojar a la sociedad de su capacidad para formarse un juicio propio.

La Unión Europea publicó recientemente su denominado “Libro Blanco de la Defensa”, presentado como un esfuerzo por articular una visión común en un contexto internacional cada vez más inestable. Sin embargo, una lectura atenta del documento revela con claridad sus límites. La palabra industria aparece más de ciento cincuenta veces, mientras que términos como sociedad o cultura de defensa apenas superan la decena de menciones. No caigamos en el error de creer que el desequilibrio es únicamente semántico, es sin ninguna duda, un error conceptual. La defensa vuelve a pensarse casi exclusivamente desde el prisma industrial, como si la legitimidad social y la conciencia estratégica fueran accesorios prescindibles.

España, por su parte, no edita un Libro Blanco de la Defensa desde 2002. Más de dos décadas después, ese documento no solo ha quedado superado por la evolución del entorno estratégico, sino que resulta claramente obsoleto incluso respecto a la propia transformación interna de las Fuerzas Armadas. No recoge la creación del Mando de Operaciones en 2004, ni la constitución de la Unidad Militar de Emergencias en 2005, ni la aparición del Mando Conjunto del Ciberespacio en 2013, tres hitos que reflejan cambios profundos en la concepción de la defensa, los dominios de actuación y la relación entre seguridad y sociedad. Más allá de directivas técnicas y documentos sectoriales, sigue sin existir un texto vertebrador que articule el debate nacional y lo proyecte hacia el espacio público. No es que estos asuntos no se discutan; es que lo hacen de forma encapsulada, confinados en círculos especializados, incapaces de traducirse en una cultura estratégica compartida que permita a la ciudadanía comprender, valorar y participar en las decisiones que afectan a su propia seguridad.

Si nos fijamos en el debate europeo, este arrastra además una serie de tópicos repetidos con una ligereza preocupante. El más recurrente es el del llamado “ejército europeo”, al que se suma otro no menos extendido: la afirmación, pronunciada a menudo con tono categórico, de que Europa —con un supuesto presupuesto de defensa de más de 340 mil millones de euros— no debería temer a una Federación Rusa con un gasto militar de 149 mil millones. El problema no es solo la simplificación, sino la falacia conceptual que la sostiene. Se utiliza indistintamente el término Europa cuando en realidad se quiere decir Unión Europea, y se asume implícitamente que ambas funcionan como un Estado soberano, cuando no lo son.

Ni Europa ni la Unión Europea constituyen un sujeto político soberano en materia de defensa. No existe un presupuesto de defensa europeo en sentido estricto, porque la potestad última sobre la defensa —y, por tanto, sobre el aseguramiento de la soberanía nacional— reside exclusivamente en cada uno de los Estados. La suma de los presupuestos nacionales no equivale a una capacidad común ni a una voluntad estratégica compartida. Presentar estas cifras como si fueran comparables conduce a engaño y confunde a la sociedad, y mientras estos eslóganes sigan ocupando el centro del debate, se seguirá impidiendo comprender la verdadera naturaleza del problema estratégico europeo.

La Unión Europea no son los Estados Unidos de Europa. Mientras la defensa siga residiendo en los Estados miembros, tendrá pleno sentido que existan múltiples sistemas de mando, múltiples doctrinas y múltiples plataformas. Lamentar esa fragmentación o apelar a un Ejército Europeo común sin afrontar la pregunta de fondo —si los países están dispuestos a ceder soberanía— es intelectualmente deshonesto.

Lamentar esa fragmentación o apelar a un Ejército Europeo común sin afrontar la pregunta de fondo —si los países están dispuestos a ceder soberanía— es intelectualmente deshonesto.

La contradicción se vuelve aún más evidente cuando se formula desde la óptica industrial. Se denuncia la multiplicidad de sistemas porque dificulta economías de escala, pero se aceptan sin cuestionamiento las barreras políticas y administrativas que impiden incluso la libre circulación de material militar dentro del propio territorio europeo. El problema no es técnico; es político.

Este vacío intelectual resulta especialmente peligroso en el contexto actual. La guerra contemporánea ya no se limita a los dominios clásicos ni siquiera a los nuevos dominios tecnológicos. El dominio cognitivo se ha consolidado como un campo de batalla central. La guerra híbrida busca debilitar a las sociedades desde dentro: erosionar la confianza, fragmentar el consenso, minar la moral colectiva. La desinformación no es un daño colateral, sino la primera línea de ataque. Y paradójicamente, somos nosotros mismos quienes, al renunciar a informar y formar a la sociedad, facilitamos el trabajo a nuestros adversarios. La combinación de inteligencia artificial y computación cuántica amplificará este riesgo. Sin pensamiento crítico, sin cultura estratégica, cualquier sociedad se vuelve vulnerable, por muy avanzados que sean sus sistemas.

Esta carencia resulta aún más llamativa si se contrasta con la tradición intelectual española. En el siglo XVIII, Álvaro Navia-Osorio y Vigil, marqués de Santa Cruz de Marcenado, fue una referencia europea con sus Reflexiones militares, integrando política, sociedad y guerra en un mismo marco conceptual. Hoy apenas se cita a Francisco Villamartín, pese a la vigencia de sus reflexiones sobre nación y defensa.

Y, sin embargo, pensamiento hay. Existen analistas y académicos que producen reflexión estratégica rigurosa y de alto nivel, como Josep Baqués, Javier Jordán o Guillem Colom. El problema no es su ausencia, sino su falta de centralidad. Son voces aisladas en un espacio público que ha renunciado a pensar la defensa de manera continuada y accesible.

Sin referentes intelectuales reconocidos, sin divulgación y sin espacios donde el conocimiento estratégico se traduzca en cultura cívica, la defensa queda reducida a una gestión tecnocrática ajena a la sociedad. De poco sirve reclamar autonomía estratégica si no existe autonomía del pensamiento. Si los marcos conceptuales, las categorías analíticas y las referencias intelectuales proceden siempre de fuera, la dependencia persiste, aunque se fabriquen los sistemas dentro.

De poco sirve reclamar autonomía estratégica si no existe autonomía del pensamiento.

La autonomía estratégica se construye pensando, explicando y formando. Sin pensamiento no hay estrategia. Y sin estrategia, la autonomía no es más que una palabra repetida hasta perder su sentido.

– Fin –

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