UN GESTO SIN MISIÓN, UNA PRESENCIA SIN PODER

El límite de la disuasión cuando los buques no patrullan, no auxilian y no enfrentan

El patrullero Furor de la Armada ha terminado convirtiéndose en protagonista involuntario de una misión que, más que militar o humanitaria, es sobre todo política. Se anunció como un gesto de apoyo a la Global Sumud Flotilla que zarpó el 31 de agosto de Barcelona —entre otros puertos— con rumbo a Gaza, pero la realidad se impone con ironía: no ha escoltado a nadie, porque las embarcaciones ya estaban allí cuando llegó; no ha auxiliado a nadie, porque ningún naufragio lo ha requerido; y no ha enfrentado a nadie, porque nunca entró en las aguas de exclusión que controla Israel, por lo que los miembros de la Flotilla fueron arrestados por las fuerzas de Israel. Lo que en apariencia iba a ser una misión de escolta y disuasión, se ha reducido a una misión de presencia.

Y en la mar, la presencia no es un concepto menor. En la teoría naval, la presencia constituye un instrumento de poder marítimo en tiempos de paz: mostrar el pabellón, hacerse ver, dar constancia de que un Estado tiene intereses y voluntad de estar en una zona. La Armada lo sabe bien, aunque no siempre ha podido ejercerla por falta de medios, presupuesto o voluntad política; y porque, pese a su importancia, la presencia naval nunca ha sido asumida como una política constante ni suficientemente seria por los distintos gobiernos. Pero entre la lógica estratégica de la presencia y la misión asignada al Furor existe una distancia difícil de salvar. En la mente está la retórica de la diplomacia naval estadounidense, siempre resumida en aquella pregunta que acompaña a cualquier crisis: «¿dónde está el portaaviones más cercano?» que refleja la idea de que la presencia de una gran unidad, por sí misma, disuade y condiciona decisiones políticas de terceros. El portaaviones no necesita combatir para modificar el equilibrio de una crisis: basta con aparecer. El Furor, en cambio, llega como un solitario patrullero cuya presencia no altera en lo más mínimo las dinámicas de poder en el Mediterráneo oriental.

Esa diferencia es clave para entender la paradoja. La disuasión requiere tres ingredientes: capacidad, voluntad y credibilidad. El Furor tiene capacidades limitadas, ajustadas a la misión para la que fue concebido: vigilancia de espacios marítimos, seguridad en áreas de soberanía, operaciones de embargo, control de tráficos ilícitos, acciones de hostigamiento limitado. No es un buque de combate de alta intensidad. Ni su porte ni su presencia rompe, por sí solos, bloqueos navales. Si a esa limitación se le añade que no existe voluntad política de escalar ni de entrar en áreas de fricción real, la credibilidad se evapora. El resultado es un despliegue sin poder de disuasión efectivo, reducido a la simple visibilidad.

La improvisación con que se decidió el envío del buque lo evidencia aún más. La Armada, como todas las Fuerzas Armadas, obedece las órdenes del poder político, sin discutir su origen o su propósito. Pero el poder político, en este caso, no actuó en el marco de una política de Estado, ni bajo el consenso del Parlamento, ni siquiera en coordinación estrecha con aliados europeos, ni siquiera en base a una tradición consolidada. La decisión parece más bien fruto de una urgencia coyuntural, de la necesidad, por parte del gobierno, de dar un gesto rápido de compromiso político en un conflicto internacional complejo. Y es esa falta de coherencia lo que convierte la misión en algo difícil de explicar incluso para la propia institución que la ejecuta.

Se podría argumentar que el Furor cumple, al menos, la misión simbólica de mostrar la bandera, mostrar el pabellón. Y es verdad que España está presente, aunque su presencia no modifique nada. Pero el verdadero debate no es la presencia naval, sino qué significa mostrar el pabellón en esas circunstancias. ¿Qué clase de disuasión puede ejercer un patrullero que no patrulla, que no auxilia y que no rompe ningún bloqueo? La respuesta es incómoda: ninguna. La mera visibilidad no basta cuando no hay capacidad ni voluntad detrás. La acción se agota en sí misma y el gesto se reduce a propaganda coyuntural.

La paradoja del Furor revela así un problema más profundo: la fragilidad con que España utiliza sus Fuerzas Armadas en la escena internacional. No como parte de una política de Estado coherente y sostenida en el tiempo, sino como reflejo de la improvisación política de corto plazo. Una improvisación que utiliza un instrumento tan serio como el poder naval para fines internos de legitimación o de impacto mediático.

La experiencia, la historia o la tradición ha demostrado siempre que la diplomacia necesita de una fuerza detrás que la respalde. La diplomacia sin fuerza es inútil; la fuerza sin diplomacia es violencia sin propósito. Las potencias marítimas han cultivado durante siglos ese tándem inseparable: el despliegue naval como respaldo creíble de la negociación diplomática. Cuando se envía un buque sin un objetivo claro, sin respaldo político amplio y sin capacidad de alterar la dinámica del escenario, lo que se proyecta no es poder, sino debilidad. Y lejos de reforzar la diplomacia, la expone en su insignificancia.

El Furor no tiene culpa de ello. La Armada cumple su cometido con disciplina, manteniendo la dignidad profesional de sus dotaciones y de la institución. Pero no se puede obviar que navegar sin una misión clara, atrapado en una orden política improvisada, erosiona la propia idea de lo que significa la seguridad marítima y la proyección naval. España no puede aspirar a ser tomada en serio en el terreno internacional si reduce el uso de sus buques a gestos simbólicos, incapaces de generar disuasión o influencia real.

En definitiva, el Furor es víctima de la incoherencia política. Su misión no se parece en nada a lo que justifica la existencia de un Buque de Acción Marítima, o sea de un patrullero de altura: no vigila, no interdicta, no garantiza seguridad marítima, no hostiga ni disuade. Tampoco acompaña ni protege a nadie. Se limita a estar. Y en ese estar, sin capacidad de alterar la conducta de otros actores, se refleja la brecha entre lo que España pretende proyectar y lo que realmente proyecta: una presencia irrelevante, fruto de la improvisación, incapaz de traducirse en poder.

– Fin –

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