Un análisis comparado de la guerra contra Irán a la luz de los esenciales del triunfo.
«Sun-tzu dijo: El Arte de la Estrategia es de importancia vital para el país […]. Se debe planear por medio de cinco factores, deben ser tomados en cuenta en las deliberaciones y analizar las condiciones de cada uno de ellos. El primero es Tao. El segundo, el Cielo. El tercero la Tierra. El cuarto el General. El quinto, el Método».
— Sun Tzu, El Arte de la Guerra.

Toda guerra moderna, por saturada que esté de satélites, drones, misiles de precisión y narrativas instantáneas, sigue siendo en su fondo una cuestión antigua: una prueba de inteligencia, política, disciplina, moral y de adecuación de fuerzas entre los medios y los fines. La guerra no deja de ser, como recordaría Carl von Clausewitz, un encuentro social violento, pero social, al fin y al cabo. Una prolongación extrema de las tensiones políticas entre comunidades. Las armas cambian, la tecnología se perfecciona y el campo de batalla se digitaliza, pero el problema esencial de la estrategia permanece inalterado. Por eso no resulta un capricho erudito volver a Sun Tzu para pensar la actual guerra de Irán (al menos yo lo he necesitado para intentar comprenderla en parte). Al contrario, quizá sea una de las pocas formas de apartarse del ruido táctico, de la propaganda y de la velocidad emocional de las redes sociales para recuperar la pregunta verdaderamente importante: no es quién golpea más fuerte en el primer movimiento, sino quién ha comprendido mejor la naturaleza del conflicto en el que se ha metido. En las últimas semanas, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha producido miles de muertos, ha empujado al cierre de facto del Estrecho de Ormuz y ha desencadenado una conmoción energética global que ya se mide en interrupciones del suministro, escalada del precio del crudo y una ansiedad diplomática creciente.
Sun Tzu condensó la eficacia estratégica en unos pocos principios de apariencia simple pero de profundidad inagotable.
«Vencerá, [dice], quien sepa cuándo luchar y cuando no luchar; quien sepa manejar fuerzas superiores e inferiores; quien mantenga a su ejército animado por el mismo espíritu en todos sus rangos; quien, estando preparado, espere para sorprender al enemigo cuando éste no lo está; quien tenga capacidad militar sin interferencia del soberano».
Y concluye con una fórmula que sigue siendo la ley suprema de la guerra: «si te conoces a ti mismo y conoces al enemigo, no necesitas temer el resultado de cien batallas». La cuestión, aplicada a Trump y a la guerra contra Irán, no es si Estados Unidos posee fuerza suficiente para destruir objetivos, bases, radares, puertos o infraestructuras críticas, eso ya lo ha demostrado. La cuestión es otra, más grave y más propiamente estratégica: si el gobierno estadounidense conoce realmente el tipo de guerra que ha iniciado, el tipo de enemigo al que se enfrenta —un adversario que lleva más de tres décadas preparándose doctrinal, militar y psicológicamente para un enfrentamiento de esta naturaleza— y el precio político, moral y geo-económico que implica transformar una campaña de castigo en una guerra de duración incierta, de dinámica cambiante y de consecuencias sistémicas imprevisibles. En ocasiones la historia se mueve por grandes decisiones visibles, pero en otras ocasiones por detalles aparentemente menores cuyos efectos pueden expandirse en cadena. El aleteo de una mariposa, diría la metáfora, cuyos efectos todavía no sabemos hasta dónde pueden llegar.
El Tao
El Tao — el primero de los cinco factores fundamentales de la guerra según Sun Tzu— puede traducirse como consenso, concordia o unidad de propósito entre gobernantes y gobernados, forma parte principal de los esenciales del triunfo y aparece ya como un punto de fragilidad para Washington. Dos milenios después, Carl von Clausewitz formularía una idea análoga en su célebre trinidad de la guerra: pueblo, ejército y gobierno. Ninguna guerra importante puede sostenerse durante mucho tiempo si esas tres dimensiones dejan de reforzarse mutuamente y empiezan, por el contrario, a erosionarse entre sí. Desde este punto de vista, la guerra contra Irán ha nacido con un déficit inicial de legitimidad social. Un sondeo de Reuters/Ipsos realizado entre el 28 de febrero y el 1 de marzo de 2026 mostró que solo el 27 % de los estadounidenses aprobaba los ataques contra Irán, mientras que el 43 % los rechazaba y un 29 % se mostraba indeciso, cifras que dibujan uno de los niveles de apoyo más bajos para el inicio de una guerra en la historia reciente del país. [1]
Puede que sea solo un dato demoscópico, pero también puede ser un síntoma estructural. Un gobierno puede iniciar una guerra con relativa rapidez, pero difícilmente puede convertirla en empresa nacional duradera si la sociedad —la sociedad para la que gobierna— la percibe como una decisión precipitada, personalista o estratégicamente opaca. En una república nacida precisamente de la ruptura con la autoridad monárquica, esa sensibilidad resulta particularmente aguda. No es casual que en las protestas que han recorrido el país en los últimos meses contra las políticas de la administración Trump —especialmente las manifestaciones contra las redadas migratorias— miles de manifestantes portaran pancartas con un mensaje tan simple como elocuente: «»No kings«, en Estados Unidos no hay reyes». La consigna resume el temor de una parte de la sociedad actual de Estados Unidos a que el poder ejecutivo se ejerza —como aparentemente se hace— con una lógica personalista incompatible con la tradición republicana estadounidense.
Ese problema de consenso se agrava cuando las primeras bajas llegan demasiado pronto, porque entonces la abstracción geopolítica se convierte de golpe en experiencia doméstica, en una dura realidad que hay que gestionar. La administración de Donald Trump sufrió en los primeros días del conflicto las primeras muertes militares estadounidenses. Los féretros de los soldados caídos fueron recibidos por el presidente al pie de la escalerilla del avión militar, con una gorra blanca de béisbol calada sobre la frente —bordada con las letras doradas «USA»— en una escena cuidadosamente escenificada para las cámaras y visiblemente incómoda para el presidente Trump, que le recordaba inevitablemente a él y a la opinión pública que toda guerra termina regresando a casa en forma de cuerpos envueltos en banderas. Se dio la cifra de cuatro fallecidos, luego de seis y, poco después, de un balance mayor que elevaba a once los fallecidos en campaña.
Se dirá, con razón, que toda guerra comporta pérdidas y que una potencia no puede supeditar su estrategia a la emoción del primer impacto. Sin embargo, la historia muestra que el problema rara vez es puramente militar. Durante la guerra de Vietnam se hizo evidente una asimetría mucho más profunda que la simple diferencia de armamento. Estados Unidos podía infligir al enemigo miles de bajas y el adversario estaba dispuesto a soportarlo, pero ese mismo adversario podía devolver el golpe matando a un número mucho menor de soldados estadounidenses en una guerra cada vez más difícil de explicar ante la propia sociedad americana. La cuestión estratégica no residía tanto en la relación de fuerzas en el campo de batalla como en la relación entre el coste humano y la resistencia política de cada sociedad. Un país que lucha por su supervivencia puede soportar pérdidas que resultarían intolerables para una potencia que combate lejos de su territorio. Dicho de otro modo: el adversario puede cargar con el peso de sus muertos porque la guerra se confunde con su propia existencia nacional. ¿Puede Estados Unidos cargar con los suyos en un conflicto cuya finalidad política resulta mucho menos evidente para su propia población?
Algo parecido ocurrió con Francia en la guerra de Indochina una década antes a la guerra de Vietnam. El ejército francés no fue destruido militarmente —perdió aproximadamente el diez por ciento de sus tropas desplegadas— y, sin embargo, el coste político y moral de ese sacrificio resultó muy superior a lo que París estaba dispuesta a aceptar. En la época de la guerra de Afganistán (la más reciente) fue viral un proverbio que resumía con crudeza esta misma asimetría pero en clave temporal, algo así como que «los occidentales tienen los relojes, pero nosotros [los afganos] tenemos el tiempo». Sun Tzu lo habría expresado de otra manera. Diría que la legitimidad de una guerra no se mide cuando todo parece sencillo, sino cuando el coste empieza a materializarse y aun así el estamento político conserva la convicción de que la lucha sigue siendo necesaria, proporcionada y conducida por hombres prudentes. Si esa convicción se resquebraja en la primera semana, lo que queda es poder de fuego sin respaldo social y la imagen de que los hombres que conducen esta guerra no son hombres prudentes.
La debilidad del Tao no se limita al frente interior. También se manifiesta en la fisura entre Washington y sus aliados. La actual campaña ha mostrado una pauta característica del trumpismo estratégico: decisión unilateral en el momento de atacar, seguida de exigencia moral de adhesión cuando llegan las consecuencias. Aunque el secretario general de la OTAN ha hablado de un apoyo amplio a la acción de Estados Unidos e Israel, dirigentes de países aliados como España y Turquía han denunciado la operación como una violación peligrosa del derecho internacional; a ello se han sumado críticas desde otros gobiernos europeos, incluida la italiana Giorgia Meloni y el ministro de Defensa suizo, aunque también es cierto que cada uno de los anteriormente citados lo hace en función de sus claves internas y no por la noble causa de la paz. Lo que aquí se observa no es únicamente la vieja tensión entre poder y legalidad en el sistema internacional, sino algo más específico: la dificultad de Donald Trump para transformar la dependencia militar de sus socios en una verdadera comunidad estratégica. Estados Unidos sigue siendo capaz de aglutinar disciplina y alineamiento una vez que la operación ha comenzado; el peso de su poder militar, financiero y diplomático empuja a muchos aliados a situarse detrás de Washington, aunque lo hagan con evidentes reservas. Pero ese alineamiento posterior no equivale necesariamente a una alianza sólida. En demasiados casos se parece más a una relación de vasallaje que a una comunidad estratégica: aliados que siguen al actor dominante no tanto por convicción como por temor a quedar aislados frente a él.
El problema es que una coalición construida sobre ese tipo de disciplina difícilmente genera la cohesión profunda que exige una guerra prolongada. La suma de silencios prudentes o de quejas a medio tono, de cálculos defensivos y de gobiernos que prefieren no levantar la voz frente al actor más poderoso puede producir el engaño de una obediencia táctica, pero no necesariamente la fortaleza política que una alianza necesita para sostener un conflicto largo. Dicho de forma más cruda: la suma de cobardías por no alzar la voz para alinearse con el fuerte no se transforma automáticamente en fortaleza estratégica. Puede garantizar acompañamiento en el corto plazo; lo que no garantiza es convicción cuando la guerra empiece a exigir sacrificios reales.
Cuándo luchar y cuándo no luchar
El segundo esencial de Sun Tzu —saber cuándo luchar y cuándo no luchar— remite directamente a la cuestión del momento. Toda guerra puede parecer inevitable una vez que ha comenzado; la verdadera inteligencia estratégica consiste en discernir si era necesaria antes de empezarla. Diversas informaciones de prensa internacional sitúan el inicio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán en la madrugada del 28 de febrero de 2026, tras el colapso de las conversaciones sobre el programa nuclear iraní y en medio de una escalada militar creciente en la región (quizá las acciones bélicas desde un posicionamiento híbrido o cognitivo empezaron antes) . En ese contexto, los medios de comunicación y las fuentes abiertas describen un escenario en el que la opción militar terminó imponiéndose tras el fracaso de las negociaciones y el aumento de la presión política en Washington y Jerusalén.
La pregunta estratégica, sin embargo, no es si podía formularse un casus belli, sino si el momento elegido era el más favorable para los objetivos reales de EE.UU. Durante décadas, la política exterior estadounidense en Oriente Medio —con independencia de los diferentes gobiernos y de la naturaleza de los regímenes implicados— ha tenido como prioridad fundamental la estabilidad regional. Desde esta perspectiva, la actual guerra introduce una ruptura con el pasado difícil de ignorar: lejos de estabilizar el entorno estratégico, el conflicto ha elevado el riesgo de escalada regional, ha endurecido la posición de Teherán y ha trasladado el enfrentamiento al terreno energético global, con el Estrecho de Ormuz convertido nuevamente en punto crítico del sistema internacional.
En este contexto aparecen además efectos secundarios que recuerdan el llamado «efecto mariposa» de las decisiones estratégicas que ya hemos comentado. A diferencia de la intervención en Venezuela —una operación limitada y quirúrgica— la guerra contra Irán abre interrogantes geopolíticos mucho más amplios. Siempre se habló del pragmatismo chino de mantenerse al margen de los conflictos regionales. Hoy existe una duda razonable sobre el grado en que Pekín podría estar proporcionando apoyo indirecto o inteligencia a Teherán, mientras que Moscú aparece como uno de los beneficiarios indirectos de la crisis energética global desencadenada por el conflicto. Rusia ve reforzada su posición en los mercados energéticos internacionales precisamente en el momento en que el aumento del precio del petróleo debilita a las economías occidentales. De nuevo aparecen las alas de la mariposa: decisiones aparentemente tácticas que desencadenan consecuencias estratégicas difíciles de prever.
Todo ello refuerza la impresión de que la decisión de atacar Irán, a diferencia de la operación venezolana, parece haber surgido más de la intuición política del círculo presidencial que de un cálculo estratégico ampliamente consensuado. Todas las decisiones de guerra son, en última instancia, decisiones políticas, pero los gobernantes prudentes se apoyan en el estudio y en el consejo de sus generales. Sun Tzu advertía que antes de iniciar una guerra los comandantes pasan largo tiempo en los templos realizando cálculos y comparando escenarios, porque la victoria pertenece a quien calcula más antes de combatir. Sin embargo, diversas informaciones sugieren que algunas advertencias del propio estamento militar estadounidense —sobre el riesgo de cierre del Estrecho de Ormuz o de ataques indirectos a los aliados regionales— fueron relativizadas en el proceso de decisión. Si esa apreciación es correcta, el problema no sería únicamente táctico, sino estratégico: el problema de una guerra iniciada sin una evaluación profunda de sus consecuencias posibles.
No parece haber una lógica plenamente coherente para esta guerra. Y precisamente por ello el segundo principio de Sun Tzu adquiere aquí una dimensión inquietante: saber cuándo luchar exige también saber cuándo no hacerlo. En este caso, todo indica que el gobierno de Trump no ha sabido cuándo luchar y quizá tampoco sepa cuándo dejar de hacerlo (o a lo mejor si lo saben, pero no han sabido imponerse a los caprichos de su líder). Los mercados energéticos y las variables económicas parecen hoy los únicos indicadores capaces de forzar una reconsideración política por parte de Trump. Pero las guerras, una vez iniciadas, rara vez obedecen durante mucho tiempo a lógicas razonables.
Manejar fuerzas superiores como inferiores
El tercer esencial de Sun Tzu —la capacidad de manejar tanto fuerzas superiores como inferiores— es quizá el punto donde el contraste material entre Estados Unidos e Irán resulta más engañoso. En el plano estrictamente convencional, la superioridad estadounidense parece abrumadora, lo es. Donald Trump llegó a declarar que la guerra estaba «muy completa», afirmando que Irán había perdido buena parte de su marina, sus sistemas de comunicaciones y su fuerza aérea. Desde la lógica del «parte» militar, la frase sugiere dominio operativo (aunque este dominio de la narrativa se pierde al repetirlo hasta la saciedad). Desde la lógica de Sun Tzu, sin embargo, podría indicar precisamente lo contrario: el riesgo clásico de ilusión que acompaña a toda superioridad abrumadora, la ilusión de la victoria. La fuerza superior fracasa cuando imagina que el enemigo luchará en el terreno y al ritmo que ella desea.
Irán no necesita ser más fuerte que Estados Unidos para imponerle una guerra complicada; le basta con obligarle a convertir una victoria operativa en un problema político inagotable, que aún ganando Estados Unidos le signifique en derrota. Este mecanismo fue analizado con claridad por el politólogo australiano Andrew Mack en su célebre estudio sobre por qué los grandes países pierden guerras contra adversarios mucho más débiles.[2] Según Mack, el factor decisivo no es la relación material de fuerzas sino el interés relativo de cada contendiente en el resultado del conflicto. Cuando una potencia lucha lejos de sus fronteras y su supervivencia no depende directamente del resultado, el coste político de sostener la guerra se vuelve mucho más vulnerable a la presión de la opinión pública, de las élites o de los propios equilibrios internos del sistema político. En cambio, el adversario que combate por su supervivencia nacional puede asumir sacrificios que resultarían políticamente intolerables para la potencia superior. La vulnerabilidad, en ese caso, no es militar sino política.
El minado del Estrecho de Ormuz, la interrupción parcial del tráfico marítimo y el encarecimiento inmediato del petróleo indican que Teherán, aun siendo inferior en medios convencionales, conserva la capacidad de trasladar el centro de gravedad del conflicto desde el campo de batalla a lo teatros económicos, energéticos y bursátiles y por lo tanto la guerra deja de decidirse exclusivamente en el terreno militar para hacerlo en términos de presión económica, estabilidad energética y desgaste político internacional. Ese desplazamiento del conflicto hacia ámbitos donde la superioridad tecnológica resulta menos decisiva es precisamente el tipo de maniobra que Sun Tzu admiraría en una fuerza inferior bien empleada.
La tecnología, en este tipo de conflictos asimétricos, no garantiza necesariamente una ventaja decisiva. Puede ampliar la distancia desde la que se golpea al adversario, pero no elimina la lógica fundamental del enfrentamiento. Como señalaba recientemente el almirante Juan Rodríguez Garat en una intervención televisiva, la tecnología en estos contextos «solo alarga el brazo», permite lanzar bombas desde más lejos, con mayor precisión y menor exposición inicial, pero cuando los adversarios se acercan y la confrontación se vuelve directa, esa ventaja tecnológica pierde buena parte de su carácter determinante. En el combate cercano, en el desgaste prolongado y en la voluntad política de sostener el conflicto, la tecnología deja de ser el factor decisivo.
Este riesgo se vuelve aún más evidente si se confirma el anuncio de la administración de Donald Trump de desplegar una fuerza de marines en la región. Mientras las operaciones se han limitado a ataques de precisión contra objetivos militares concretos, Washington ha podido presentar la campaña como una intervención limitada, destinada a degradar determinadas capacidades iraníes sin escalar hacia una guerra abierta. Pero si tropas estadounidenses llegaran a pisar suelo iraní, el conflicto entraría inevitablemente en una fase distinta. Irán lleva décadas preparándose precisamente para ese escenario. Un enfrentamiento directo en territorio iraní ofrecería a Teherán una oportunidad estratégica mucho más valiosa que cualquier intercambio de misiles: la posibilidad de infligir bajas estadounidenses en combate terrestre. En una guerra asimétrica, el adversario más débil no necesita ganar todas las batallas; le basta con acertar una sola vez en el lugar adecuado. La muerte de un pequeño número de soldados estadounidenses en territorio iraní podría transformarse rápidamente en un símbolo de resistencia nacional y en un episodio de enorme valor propagandístico. En ese momento, la lógica del conflicto cambiaría: la operación militar dejaría de ser una campaña limitada y pasaría a convertirse en una guerra de escalada abierta, donde la superioridad material de Estados Unidos conviviría con una vulnerabilidad política mucho más difícil de gestionar.
En este punto la comparación con la operación de Venezuela permite discernir un aspecto importante del problema estratégico. Si se observa únicamente la dimensión táctica, la captura de Nicolás Maduro fue, según diversos analistas, una operación de notable precisión. El The Washington Post tituló: «Audacious Maduro raid relied on months of preparation, surprise strike», donde describe una intervención preparada durante meses mediante inteligencia detallada, vigilancia de proximidad y simulaciones a escala real del objetivo, en las que participaron conjuntamente fuerzas especiales estadounidenses, analistas de la CIA y unidades de apoyo aéreo destinadas a garantizar la superioridad total en el momento del asalto. El resultado fue una operación cuidadosamente estudiada y orientada hacia un objetivo político extremadamente concreto: la neutralización de un dirigente específico cuya captura podía alterar de forma inmediata el equilibrio interno del poder en el país.
Que aquella operación planteara serios problemas desde el punto de vista de la legalidad internacional o de la legitimidad política no invalida, sin embargo, el juicio estrictamente táctico que puede hacerse sobre su diseño. Desde ese punto de vista, se trató de un golpe quirúrgico relativamente coherente entre los medios empleados, el objetivo perseguido y el horizonte temporal en el que se esperaba obtener resultados. En Venezuela, la táctica estaba claramente subordinada a un fin político inteligible y concentrado. En Irán, por el contrario, la relación entre la acción militar y el objetivo político aparece envuelta en una notable ambigüedad. No resulta evidente qué pretende alcanzar exactamente Estados Unidos con esta guerra. El sistema de poder de la República Islámica no depende de la supervivencia personal de su líder, al contrario, se sostiene sobre una compleja arquitectura institucional que entrelaza autoridad religiosa, poder civil y fuerza militar a través de la figura del líder supremo, del aparato gubernamental y del papel decisivo de la Guardia Revolucionaria. En un sistema de esta naturaleza, la eliminación de una figura concreta o la degradación parcial de determinadas capacidades militares difícilmente produciría por sí sola el colapso del régimen. Si el objetivo fuera realmente provocar una transformación política interna el ataque debería dirigirse simultáneamente contra los tres centros de poder que sostienen el sistema, pero eso implicaría, sin embargo, una escala de intervención mucho mayor que la que hasta ahora parece haber sido contemplada públicamente.
Paciencia estratégica
Esta diferencia conduce directamente al cuarto esencial de Sun Tzu: vencerá quien, estando preparado, espere para sorprender al enemigo cuando éste no está preparado. En la lógica estratégica del pensador chino, la sorpresa no consiste simplemente en la rapidez de la acción ni en la audacia del golpe inicial, sino en la capacidad de provocar un desajuste profundo entre la interpretación que el enemigo hace de la situación y la realidad estratégica que enfrenta. En Venezuela, la sorpresa operó sobre un aparato estatal menos preparado para absorber un golpe fulminante y, sobre todo, menos estructurado. En Irán, en cambio, la sorpresa inicial pudo afectar a instalaciones concretas o a determinados activos militares, pero no alteró de manera decisiva la lógica estratégica con la que Teherán interpreta el conflicto. La respuesta iraní, directa e indirecta, la persistencia de la tensión en el Estrecho de Ormuz, la continuidad de las represalias y la resistencia a las iniciativas de mediación indican que el régimen no fue sorprendido en lo fundamental: en su comprensión del tipo de guerra que podía librar.
En realidad, todo parece indicar que Washington se preparó para una guerra rápida, concebida como una operación de neutralización de objetivos militares cuya eficacia inicial pudiera traducirse en un debilitamiento político inmediato del régimen iraní. Sin embargo, Teherán parece haber asumido desde el principio un escenario distinto. Los dirigentes iraníes saben perfectamente que no pueden derrotar a Estados Unidos en un enfrentamiento convencional directo; pero también saben que en una guerra de desgaste la lógica del conflicto cambia de naturaleza. En ese tipo de confrontación, el objetivo del adversario más débil no consiste necesariamente en obtener una victoria militar clásica, sino en impedir que la potencia superior pueda transformar su ventaja militar en una victoria política clara. Cuando el conflicto se prolonga, cuando los costes económicos comienzan a acumularse y cuando las bajas militares empiezan a tener un impacto visible en la opinión pública, la superioridad material puede convivir con una creciente vulnerabilidad política. Y en ese terreno —el de la paciencia estratégica y el desgaste progresivo— la posición de la administración de Donald Trump se vuelve inevitablemente más frágil de lo que sugieren los primeros «partes» militares.
La no interferencia del soberano
El quinto esencial, quizá el más incómodo para cualquier democracia beligerante, es el de la no interferencia del soberano. Sun Tzu no defendía la subordinación de la política a los militares; lo que planteaba era algo más sutil y más difícil de cumplir: que, una vez fijado el objetivo político de la guerra, la conducción operativa no quedara deformada por impulsos de prestigio personal, necesidades de escenificación o presiones derivadas del consumo político interno. En la lógica estratégica del tratado clásico, el soberano define los fines, pero deja que los generales calculen los medios con frialdad, porque la guerra exige una racionalidad distinta de la lógica teatral de la política. Es precisamente en ese punto donde emerge una dificultad característica del estilo de Donald Trump. El problema no es únicamente la personalización del conflicto (que es inherente en todo conflicto sucedido después de la Segunda Guerra Mundial), sino la forma en que el uso de la fuerza aparece constantemente acompañado de una puesta en escena destinada a reforzar la imagen de decisión individual del líder, la de Trump.
Diversos análisis sobre la comunicación política de la administración Trump durante el conflicto han subrayado hasta qué punto la guerra ha sido presentada en un registro que oscila entre la propaganda digital y la espectacularización mediática. Una parte significativa de la narrativa oficial se ha difundido a través de vídeos y mensajes en redes sociales que condensan el conflicto en una sucesión de imágenes de fuerza —bombardeos, despegues de cazas, sistemas de misiles en funcionamiento— montadas con una estética que recuerda más a los tráilers cinematográficos o incluso a los videojuegos militares contemporáneos que al lenguaje sobrio con el que tradicionalmente se comunicaban las operaciones de guerra. Este tipo de representación visual tiende inevitablemente a banalizar la naturaleza del conflicto, al transformarlo en una experiencia audiovisual de consumo rápido antes que en una realidad política y humana de enorme complejidad.
La propia prensa estadounidense ha señalado esta deriva. El Los Angeles Times titulaba recientemente: «Trump’s war rhetoric is coarse. It’s also heard differently, depending on the audience»,[3] subrayando cómo el tono de la comunicación presidencial oscila entre la exaltación patriótica y una retórica deliberadamente provocadora que busca reforzar la imagen de decisión del líder ante su base política. Esa lógica se refleja también en las reiteradas declaraciones de Trump asegurando que Estados Unidos «ya ha ganado la guerra», formuladas incluso mientras las operaciones militares continúan y el equilibrio regional permanece profundamente inestable. Esta hiperactividad discursiva introduce inevitablemente un elemento de volatilidad política que dificulta separar el cálculo estratégico de la lógica de la propaganda, y contribuye a que la guerra sea percibida menos como un problema estratégico complejo que como una demostración permanente de voluntad presidencial.
El resultado es una guerra cuya conducción aparece atravesada por dos lógicas distintas y a veces contradictorias: la lógica militar, que exige prudencia, cálculo y paciencia, y la lógica política del liderazgo personal, que exige gestos visibles, declaraciones rotundas y la construcción constante de una narrativa de victoria. En este caso, la autonomía de la acción militar se ha supeditado al liderazgo de Trump antes que al de la necesidad objetiva.
Con todo, el problema decisivo no reside en uno u otro esencial considerado por separado, sino en la relación que se establece entre ellos. En el pensamiento de Sun Tzu, la victoria no surge de la simple acumulación de ventajas parciales, sino de la armonización de los distintos factores que componen la estrategia. Puede existir fuerza sin consenso, preparación sin sabiduría, valentía sin cálculo o capacidad militar sin claridad política; pero cuando esos elementos dejan de reforzarse mutuamente, la superioridad material pierde buena parte de su valor. En tales circunstancias no aparece una victoria estable, sino una superioridad momentánea que puede evaporarse con la misma rapidez con la que surgió. La guerra de Irán parece mostrar precisamente esa disonancia. Estados Unidos dispone de medios militares extraordinarios y ha demostrado capacidad para infligir daños severos; sin embargo, su consenso interno es frágil, su coalición internacional es desigual y reticente, el adversario conserva instrumentos asimétricos capaces de perturbar el sistema energético mundial y el objetivo político de la guerra continúa envuelto en una ambigüedad difícil de ignorar. ¿Busca Washington destruir el programa estratégico iraní, forzar una negociación bajo presión, precipitar un cambio de régimen, reordenar el equilibrio regional o simplemente exhibir una demostración de fuerza? Mientras esa pregunta permanezca sin una respuesta clara, toda victoria táctica corre el riesgo de convertirse en una victoria políticamente reversible.
Por eso la sentencia final de Sun Tzu adquiere aquí un valor menos ornamental que diagnóstica. Si Trump se conoce a sí mismo —es decir, si conoce los límites políticos, sociales y económicos de la guerra que ha iniciado— pero no conoce del todo a Irán, puede ganar batallas y perder la arquitectura de la paz. Si conoce algo de Irán pero ignora su propia vulnerabilidad interna —la fatiga de la opinión pública, la volatilidad de las alianzas o el impacto político de las bajas y del precio del petróleo—, entonces cada éxito militar contendrá en germen una derrota posterior. Y si no conoce ni a su adversario ni a sí mismo, el resultado no será necesariamente una derrota militar clásica, porque las grandes potencias rara vez son derrotadas de ese modo; será algo quizá más paradójico: una victoria técnica incapaz de producir orden, legitimidad o final.
Consideraciones finales
Mi juicio, a la luz de los esenciales del triunfo de Sun Tzu, es que las probabilidades de éxito pleno de la administración de Donald Trump en este conflicto son considerablemente menores de lo que su abrumadora superioridad material podría sugerir. Estados Unidos posee la capacidad de destruir infraestructuras, infligir costes severos y obtener ventajas operativas indiscutibles en el campo de batalla. Pero Sun Tzu difícilmente llamaría victoria a un resultado que implique la erosión del consenso interno, un sistema de alianzas disciplinado pero no persuadido que confunde aliados con vasallos, una economía internacional alterada por las respuestas del adversario y una estrategia cada vez más condicionada por el temperamento del soberano.
A todo esto, se añade además, una dimensión que el resto del mundo observa con creciente inquietud. Para muchos analistas internacionales, la guerra contra Irán aparece cada vez más como una guerra concebida en la lógica estratégica de Israel y sostenida por el poder militar estadounidense. Es cierto que la administración de Donald Trump ha presentado la intervención como una respuesta necesaria para impedir que Irán alcance la capacidad nuclear militar. Sin embargo, incluso admitiendo la gravedad de ese riesgo, la percepción exterior sigue planteando una pregunta incómoda para Washington: ¿cómo ha llegado la principal potencia occidental a verse arrastrada a un conflicto cuya dinámica parece responder más a la agenda de seguridad regional de Israel que a la tradicional prioridad estadounidense de estabilidad global? En la medida en que esa duda se extiende, la credibilidad norteamericana se resiente día a día.
Por eso la lección final del tratado clásico se mantiene vigente. Sun Tzu advertía que la victoria auténtica no consiste simplemente en derrotar al enemigo, sino en preservar intacta la armonía entre fuerza, propósito y legitimidad. Cuando esa armonía se rompe, incluso la superioridad más aplastante puede transformarse en una forma sofisticada de derrota. Tal vez por eso las guerras de las grandes potencias rara vez terminan en derrotas militares claras. Casi siempre concluyen en algo más ambiguo y más inquietante: una victoria técnica incapaz de producir orden, estabilidad o final.
Y es precisamente ahí donde aparece el riesgo que este conflicto encierra para Estados Unidos. Puede que Washington logre imponer su fuerza en el campo de batalla; pero si el resultado de esa fuerza es una región más inestable, un sistema de alianzas más frágil y un adversario convertido en símbolo de resistencia, la victoria militar empezará a parecerse peligrosamente a otra cosa. A aquello que Sun Tzu habría reconocido inmediatamente: la ilusión de una victoria.
[NOTAS]
[1] https://www.reuters.com/world/us/just-one-four-americans-support-us-strikes-iran-reutersipsos-poll-finds-2026-03-01/
[2] Andrew J. R. Mack, “Why Big Nations Lose Small Wars: The Politics of Asymmetric Conflict,” World Politics 27, nº 2 (1975): 175–200.
[3] https://www.latimes.com/politics/story/2026-03-15/trump-hegseth-iran-war-rhetoric