El camino de los héroes

De la Paz, Seguridad y Defensa

EL FINAL DE LOS HÉROES (III)

LOS HÉROES

El 8 de octubre de 1805 tuvo lugar una junta de generales en el navío francés Bucentaure. Una junta que en el mejor de los casos fue acalorada y en el peor de ellos, dicen los rumores, que hasta rondaron las amenazas de batirse en duelo.

La junta la formaban Villeneuve, Gravina y sus principales, destacando aquí a Magon y Dumanoir por parte francesa y Álava, Galiano y Escaño por la parte española.

Gravina nació en Nápoles en 1756 en el seno de una familia aristócrata y sentó plaza de guardiamarina en 1775 y en 1793 alcanzó el empleo de teniente general, habiendo recorrido desde que salió de la academia nueve empleos en 18 años. Vargas Ponce decía de Gravina: “amontona los grados sin que pueda enterarse de las obligaciones de cada uno, corriendo de Madrid al mar y de la mar al palacio”.

Siendo alférez de fragata embarcó en la fragata Clara y rindió el fuerte Ascensión de la isla Santa Catalina (Brasil) sin obtener la menor resistencia de los portugueses. Combatió al corso en el norte de África y participó en el bloqueo de Gibraltar, la reconquista de Menorca y combatió en Argel bajo las órdenes de Barceló. Formó parte de la escuadra de don Juan de Lángara en Cartagena, Triunfó en Tolón y en 1790 socorrió Orán alcanzando el grado de Jefe de Escuadra. En 1804 ostenta el cargo de embajador de España en Francia, su única condición, que si España entraba en guerra, él debería estar en el combate.

Villeneuve estaba dominado por el pánico de disgustar a Napoleón y estaba dispuesto a enfrentarse a los ingleses saliendo de Cádiz con tal de aclarar las dudas sobre su persona. Gravina lo sabía y sabía que su sustituto estaba por llegar, el almirante Rosily. Sólo tenía que ganar tiempo para evitar la tragedia pero las órdenes recibidas por Godoy obligaban a la subordinación del francés.

Con la llegada de Villeneuve a Cádiz en lugar de a Brest la invasión de Inglaterra ya no era posible, así que las nuevas órdenes pasaban por combatir en el Mediterráneo y por tanto a Nápoles. La idea de enfrentarse a su patria y las órdenes de Godoy reprimieron cualquier acto de rebeldía contra Villeneuve, aunque en Gravina siempre estuvo la esperanza de la llegada del almirante Rosily antes de la batalla y la cancelación de los planes de la misma.

Antonio de Escaño fue el portavoz de los españoles en la junta de generales y recomendó a los mandos franceses permanecer en Cádiz por varios motivos, entre otros, la llegada de un temporal y que la proximidad del invierno desgastaría a la flota inglesa que bloqueaba Cádiz.

Escaño forma parte de la Historia Grande de España. Ingresó en la Escuela de Guardiamarinas con 17 años en 1767 y en 1769 recibió su bautismo de fuego en aguas de Barcelona apresando además dos jabeques argelinos. Fue subordinado de Mazarredo. Su misión: formar la “mejor escuadra de la época” y así lo reconocieron franceses y británicos. Ejemplo de esto fue la batalla del cabo Espartel, quien Mazarredo dijo, que la razón de su éxito fue la prontitud y acierto con que Escaño hizo obedecer sus órdenes.

En 1797 participó al mando del navío Príncipe de Asturias en el Combate de San Vicente. Él solo contra la tercera parte de la escuadra enemiga, contribuyendo además en la defensa del Trinidad y del Soberano. Cayó en desgracia al caer también su mentor, Mazarredo, y al ver tal injustica Gravina se dirigió al Rey en estos términos:

 “Señor, me creo obligado a hacer presente a un rey justo la injusticia que se ha cometido con el primer oficial de la marina española, postergándolo en una promoción que acaba de publicarse; y sin nombrarlo, V.M. y su ministro conocerán hablo del brigadier Escaño, tan digno de ceñir la faja, por lo que postrado a los reales pies no pido gracia sino justicia”.

Dos días después fue promovido a jefe de escuadra y participó con Gravina en la batalla de Finisterre.

La reunión entre generales fue de todo menos cordial. Magon, chulesco y con todo lo francés de su ser recriminó a los españoles su postura de no combatir insinuando muy directamente la cobardía de los españoles. Rumores apuntan a que cuando Escaño refirió la rápida bajada del barómetro, Magon ensució la discusión diciendo “que aquí lo que baja es el valor”. El brigadier Galiano lejos de amedrentarse le contestó en el mismo tono o superior: “Señor almirante, siempre que los españoles han operado con escuadras combinadas han sido los primeros a entrar en fuego y esto lo hemos demostrado recientemente en Finisterre”. La discusión no quedó ahí y con cada respuesta afortunada de Galiano, Magon más se alteraba. Ante el temor a un lance con armas se intentó poner remedio y en el fragor de la discusión alzando la voz, Alcalá Galiano instó a votar si se salía a la mar o no y ganó el no.

Dionisio Alcalá Galiano ingresó como guardiamarina en 1771 a los once años y se distinguió prontamente como hombre de ciencia cursando los estudios, entonces llamados Sublimes, Mayores y Astronómicos. Estuvo a las órdenes de Tofiño para perfeccionar el levantamiento topográfico de las costas de España y redactar su derrotero. Tomó parte en diferentes expediciones, pero su viaje más importante fue la expedición científica comandada por Malaspina en 1789. Realizó todo tipo de encargos científicos, náuticos y topográficos y participó en la defensa de Cádiz contra Nelson con las famosas cañoneras. Burló el bloqueo también de Cádiz para traer caudales de América del Sur llegando a Santoña con siete millones de duros. Realizó las cartas náuticas del Mediterráneo Oriental, pues no había en toda Europa ninguna decente. En 1804 le suplicó a Godoy un puesto donde servir a España con las armas.

Villeneuve ya había tentado con dar vela y hacer frente al enemigo al menos en una ocasión. No buscaba otra cosa que la oposición española y así ganar puntos de valentía para sí mismo, que dicho sea de paso, en eso los franceses iban muy faltos, pero con todo, hasta eso le salió mal a Villeneuve.

Churruca en una carta a su hermano fechada el 11 de octubre decía.

“[…] Nos sorprendió el general francés con la señal de prepararnos a dar vela, sabiendo que las fuerzas enemigas del bloqueo eran muy superiores: sin duda creyó encontrar oposición en los españoles para echarnos las cargas, pero Gravina, repitió la señal a los suyos, afirmándola con un cañonazo con lo cual quedó burlada su esperanza y no verificó su bravata […]”.

¿Quién diría que este truncado seminarista sería uno de los más grandes marinos de todos los tiempos y que sus enemigos escribirían su nombre con letras de oro?

Ingresó en la Academia de Guardiamarinas de Ferrol en 1776 a los 15 años adquiriendo gran fama en Astronomía y Geografía. Ascendió rápidamente a alférez de fragata como premio por sus brillantes estudios. Destacó también por su arrojo en los temporales debido al detenido estudio que le dedicaba a la Maniobra.

En 1783 pidió cursar estudios de Matemáticas en Ferrol y en 1787 dio ejemplo del primer examen público en las aulas sobre Matemáticas, Mecánica y Astronomía. Sirvió con Mazarredo en una expedición por América del Sur con el propósito de redactar el Atlas marino de América septentrional y en 1799 fue destinado a la defensa de Brest en el navío Conquistador. De su propia iniciativa elabora una instrucción militar que hace copia y reparte entre sus hombres para acrecentar la instrucción naval, militar y la disciplina. Su fama es ya internacional y Napoleón pide conocerlo en persona.

En 1803 recibe el mando del Príncipe de Asturias y también el encargo junto con Escaño de revisar y actualizar el Diccionario de Marina y un tratado de puntería para la Armada usado por España y gran parte del extranjero por mucho tiempo. Poco después tomará el mando del navío San Juan Nepomuceno, elegido por él mismo y que se encontraba en Ferrol junto con la escuadra de Gravina. Él mismo instruyó y adiestró magistralmente a su tripulación. Poco antes se casó con Dolores, sobrina de Juan Ruiz de Apodaca, Virrey de Nueva España.

En esa carta escrita a su hermano seguían sus letras…

“[…] Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aún las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya cuatro meses y no tienen esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también cuatro meses de sueldo y no nos dan ni un ochavo, sin embargo de que nos hacen echar los bofes trabajando con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con cuanto necesite, y quedo tranquilo con haber asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos de los que servimos al rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos […] si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”.

El 18 de octubre de 1805 el almirante Villeneuve da la orden de salida en cuanto las mareas y el viento lo permitan, sin exponer por escrito ni verbalmente a generales ni comandantes de buques un plan de combate, fiándolo todo a las señales durante la batalla.

Se formaron tres escuadras y una de observación mandadas por Villeneuve, la de centro, Álava la vanguardia, Dumanoir la retaguardia y Gravina la de observación.

ELFINALDELOSHEROES III

La mayor parte de la flota combinada seguía fondeada en Cádiz el 19 de octubre y salió al día siguiente cuando les fue posible.

“Amaneció el 20, el cielo claro por el Este y cargado por el tercero y cuarto cuadrantes, con viento calmoso del S.S.E. A las seis y media de la mañana el Almirante Villeneuve hizo la señal de dar la vela, lo que se cumplimentó a las siete, y al hallarse fuera de la bahía, la escuadra ciñó el viento mura babor, con las gavias, trinquete y foques”.

“Anocheció el 20 de octubre el cielo claro, los horizontes foscos, el viento fresquito del O. y la mar picada del NO. Con aparejo de tres gavias, mesana y contrafoque. A las 7 y media de la noche llegó al Príncipe de Asturias un navío francés y manifestó a la voz que el Achille había descubierto 18 velas enemigas; un cuarto de hora después se vieron resplandores de tarros de luz y fogonazos por la proa y barlovento”.

Gravina mandó que se le comunicase del avistamiento a Villeneuve. El almirante galo una vez informado dispone el golpe de gracia que imposibilitaría a la combinada ya de cualquier esperanza de victoria: virar por redondo todos a una poco tiempo antes de abrir fuego, es decir, toda la línea rumbo norte, al contrario de como iban entonces y convirtiendo la vanguardia en retaguardia y viceversa. Si la línea ya era “regulera” ahora era un caos, alargando una imaginaria línea de combate de 5 millas de longitud y todo para favorecerse de una huida hacia Cádiz si fuera menester. Sin confirmar, se dice, que al ver la orden Churruca exclamó: “el almirante no sabe lo que hace, la flota está perdida”.

Los británicos avanzaban en dos columnas en perfecto orden de batalla, mandadas por Collinwood y Nelson.

El combate empezó al mediodía del 21 cuando un buque de la retaguardia combinada disparó contra la columna de Collinwood, mientras que Nelson con el Victory se disponía a cruzar la línea entre el Trinidad y el Bucentaure, pero Uriarte (comandante del Trinidad) lo vio venir y adelantándose a la maniobra de Nelson puso el Trinidad en facha para aminorar la marcha y cubrir hueco con el Bucentaure francés. Nelson tuvo que buscar otro objetivo.

El primero en cruzar la línea combinada fue el Royal Sovereign de Collinwood por la popa del Santa Ana arrojando fuego por sus 50 cañones de las baterías de babor destrozando la popa del navío español. El Santa Ana se batió duramente con el Royal Sovereign hasta que lo dejó fuera de combate y tuvo que ser remolcado por la fragata británica Euryalus. El Santa Ana se batió durante seis horas hasta que herido Álava, el comandante Gardoqui, muertos 5 oficiales, 97 marineros y 150 heridos en cubierta tuvo que rendirse, pero aún tuvo fuerzas para una última acción heroica.

El Victory atacó al Redoutable francés, pero en la refriega quedó al costado de barlovento del Santísima Trinidad que le recibió con una andanada de 50 cañonazos y que al poco fue respondida vivamente por el inglés. El Trinidad destrozó el aparejo del Victory y rindió el palo de mesana. Buscando proteger al Victory varios navíos ingleses fueron en su ayuda hasta el punto de entablar combate cinco navíos británicos contra el Santísima Trinidad. Cisneros herido, ningún palo en pie y más de 400 muertos en cubierta, el Trinidad cayó rendido al fin por el fuego cruzado del Victory y capturado por el navío Prince, último en llegar al combate. El barco maltrecho, hacía aguas a más no poder, dos fragatas inglesas intentaron remolcarlo a Gibraltar pero el Trinidad decidió que o era español o no era de nadie y sucumbió al abrazo de los mares.

Unas horas atrás, el Victory lloraría la pérdida más grande de la flota británica, la muerte de Nelson. Un tirador francés del Redoutable acertó encaramado en uno de los mástiles al almirante inglés, pero no se fue de este mundo sin saber de su victoria más gloriosa y su navío, el Victory, aún reluce hoy en Inglaterra.

Alcalá Galiano mandando el Bahama combatió duramente contra dos navíos ingleses e incluso en un momento dado hasta con tres enemigos, la defensa de Galiano fue heroica. Entre su tripulación se encontraba el guardiamarina Butrón, pariente de Galiano y antes de comenzar la batalla le dijo señalando la bandera: “cuida de no arriarla aunque te lo manden, porque ningún Galiano se rinde y ningún Butrón debe hacerlo”. Entablando tan duro combate con fuerzas que le duplicaban e incluso le triplicaban, recibió una contusión en la pierna a consecuencia de un balazo que paró su sable; un astillazo le hizo perder mucha sangre en la cara, pero se negó a dejar su puesto cuando otra bala le arrebató el anteojo de las manos y por último un proyectil de cañón de calibre medio le voló la cabeza. Desarbolado y lleno de cadáveres el Bahama se rindió arriando la bandera, penoso empleo que no tuvo que ejercer el guardiamarina Butrón que cayó gravemente herido.

Gravina sostuvo combate contra dos navíos ingleses, el Defiance y el Revenge y ante el acoso recibido, fueron en su ayuda el Neptune francés y el San Ildefonso y San Justo, pero otros tres navíos ingleses más se sumaron al hostigamiento contra Gravina. El Príncipe de Asturias acabó con las jarcias cortadas, Gravina cayó herido y Escaño tomó el mando, pero éste recibió un balazo y sin abandonar el alcázar siguió dando órdenes hasta que se notó la sangre que perdía, se desmayó, cuando lo reanimaron siguió dando órdenes, pero volvió a desmayarse. Una vez recuperado y viendo que las fuerzas no sólo le fallaban a él, viendo los muertos, el estado del buque y la cantidad de heridos da las órdenes pertinentes para abandonar el combate rumbo a Cádiz junto con el Montañés, San Justo, San Leandro, Indomptable, Neptune y Argonauta. El Príncipe de Asturias estaba desarbolado y tuvo que ser remolcado por la fragata francesa Themis para llegar a Cádiz.

Anocheció el 21 y tras el combate no vino la calma, se desató la tempestad, como bien había pronosticado Escaño en la maldita junta de generales.

Pero, y ¿qué pasó con Churruca? Churruca era un hombre superior, su inteligencia era comparable a su corazón y a su valor y no me resisto a reproducir la arenga que transmitió a los suyos tal como la incluye Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, en Trafalgar.

“¡Hijos míos! en nombre de Dios, prometo la bienaventuranza al que muera cumpliendo sus deberes, si alguno faltase a ellos, le haré fusilar inmediatamente, y si escapase a mis miradas o a la de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar, sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de sus días miserable y desagradecido”.

Sólo tres navíos de la columna de Collinwood pusieron proa al San Juan Nepomuceno, por lo que Churruca aún solo era superior y así demostró que se necesitaban más de tres navíos ingleses para hacerle frente. Esta situación duró hasta las dos de la tarde, momento en que las fuerzas al fin quedaron igualadas, seis navíos ingleses vomitando fuego de sus entrañas a un único navío español, el de don Cosme Damián Churruca, hasta que una bala de cañón le llevó por delante la pierna derecha por encima del muslo. Pálido, consiguió balbucear de entre sus labios: “esto no es nada, que siga el fuego”. No quiso moverse del Alcázar y enseguida comprendió que se moría. Pidió ver al segundo para darle el mando del San Juan, pero el segundo estaba muerto. Asumió el mando finalmente el comandante de la primera batería aunque estaba gravemente herido. Churruca se moría y aún así ninguno de los seis navíos se atrevió al abordaje. En su agonía mandó clavar la bandera y que no se rindiese el navío mientras él viviese y en ese momento, vivir para Churruca era un deber del mando. Tuvo palabras bonitas para su recién esposa, encomendó su alma a Dios y… murió.

Solo quedaba el trinquete, sin timón y la mitad de la dotación muerta o herida, el Nepomuceno se rindió. Las exequias del funeral de Churruca se hicieron a bordo conjuntamente con los ingleses cuyo respeto era máximo, igual que los honores ofrecidos.

Los seis comandantes británicos querían para sí el sable de Churruca y al no ponerse de acuerdo le pidieron al oficial de mayor rango que quedaba en el San Juan que decidiera él a quién se hubiera rendido Churruca, y él respondió que a nadie pues a uno solo no se hubiera rendido y que si lo querían no tendrían más remedio que partirlo en seis.

El San Juan Nepomuceno estuvo muchos años atracado en Gibraltar como trofeo de guerra. Se mandó poner una placa con el nombre de Churruca en letras de oro en su cámara y todo aquel que quisiese visitar tan ilustre lugar debía descubrirse para poder entrar como muestra de respeto a uno de los más ilustres marinos de guerra de España y del mundo, a uno de nuestros grandes héroes olvidados.

1022 muertos y 1383 heridos españoles, la mitad de los muertos pertenecientes únicamente a tres barcos, el Santísima Trinidad, el San Juan Nepomuceno y el Santa Ana. Los franceses tuvieron 2218 muertos y 1155 heridos.

Entre los comandantes españoles muertos en combate se encuentran, don Cosme Damián Churruca, don Dionisio Alcalá Galiano, don Francisco de Alcedo y Bustamante. Meses más tarde moriría Gravina a consecuencia de las heridas sufridas en el combate dejando como deseo:

“Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo general Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado bajo mi nombre”.

Escaño fue el encargado de dar el parte de guerra a Godoy. Posteriormente, rechazó el cargo que le otorgaba el gobierno intruso y participó activamente, junto con el pueblo, en la guerra de la Independencia organizando batallones y brigadas y combatiendo con gran éxito al francés. Por sus éxitos le nombraron virrey de Buenos Aires, pero declinó la oferta alegando que España seguía en peligro y que le permitiesen seguir defendiéndola ocupando un puesto de combate. Formó parte del consejo de Regencia en 1810 y murió en 1814 habiendo sido nombrado comandante general del Departamento de Cartagena, cargo que no pudo ejercer.

El almirante Villeneuve fue apresado y llevado a Londres y una vez liberado se suicidó. Magon murió en la batalla y Dumanoir huyó de la batalla como un cobarde.

“El conde Decres, Ministro de Marina, ha recibido diferentes relaciones del combate, en las cuales se acusa al contralmirante Dumanoir de no haber maniobrado con arreglo a las señales del almirante y a impulsos del honor, de no haber hecho todo lo posible para socorrer el centro de la Armada y en particular el navío de Villeneuve, de no haber atacado personalmente al enemigo y no haberse acercado al fuego como era su deber, para tomar parte en la acción y finalmente, de haber abandonado el campo de batalla cuando podía luchar”.

La mayoría de presos españoles llevados a Londres fueron puestos en libertad sin mayor problema, no así los franceses que estuvieron cautivos hasta el final de las guerras napoleónicas.

El navío Santa Ana pudo ser represado por navíos españoles que salieron al día siguiente de Cádiz para ayudar a los náufragos y con la ayuda desde dentro de Álava y los suyos, tomaron prisioneros a los ingleses. La anécdota la protagoniza Collinwood que por carta reclama al teniente general Álava como su prisionero y Álava le responde también por carta y muy respetuoso que él no se rindió a nadie pues estaba inconsciente y prueba de ello es que mantiene su sable. Complacido con la respuesta, se forjó una amistad por mucho tiempo.

“La noticia de lo ocurrido en Trafalgar fue recibida en Madrid con dolor por las pérdidas humanas, preocupación por las pérdidas  materiales y orgullo por el heroico comportamiento de los españoles.

Pero grandes marinos como ellos no volverán, los daños materiales no fueron reparados y la flota destruida no se reconstruirá, quedando España herida de muerte en el juego de las nuevas potencias mundiales y el honor de nuestros héroes será olvidado como bien sabemos hacer los españoles, igual que la ineptitud y el amiguismo político de entonces seguirá hasta nuestros días”.

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6 Comentarios

  1. Pablo

    Gran y bella descripción y colofón a la trología.
    Gravina, Churruca, …. qué grandes ejemplos de vida, servicio y muerte.
    Felicidades por este escrito.

    • admin

      Este es el último de la trilogía y que completa lo que fue la batalla de Trafalgar detallando la figura de nuestros héroes. Gracias por el comentario. En este blog siempre habrá hueco para la historia de gestas heroicas. Un abrazo!!

  2. Corbián

    Buen final para la trilogía. No por ser conocido deja de ser espectacular. Bien narrado. Me ha gustado mucho y espero más artículos de Historia. Merece la pena.

  3. FRY

    Hombres de hierro en barcos de madera. Gloria a vosotros.
    Es bueno recordar estos hechos. Que nos impulsen a ser dignos sucesores de los héroes que forjaron nuestra patria con sangre.

    • admin

      ¡Hombres de hierro en barcos de madera! mejor no se puede definir.
      Muchas gracias por seguirme FRY. Cuento con tu apoyo!!

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